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Capítulo 714:
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Era de Miranda: «Cariño, ayúdame a enviarle un mensaje a Luis. Dile que estoy esperando en el Hotel Serenity».
Verena miró de reojo a Luis, que estaba absorto en su trabajo, y una sonrisa pícara se dibujó en sus labios.
Bajó la mirada y tecleó rápidamente: «¿Por qué no le envías el mensaje tú misma? No tengo ningún deseo de sentarme a ver tus juegos de amor».
Apenas se había apagado la pantalla cuando volvió a sonar.
Al desbloquearla, se encontró con la respuesta de Miranda. «¿Quién te ha pedido que mires? La última vez te dejé pasar sin decir nada. Fui prácticamente una santa».
Verena murmuró entre dientes: «¿Una santa? Más bien una zorra».
Pero entonces, el siguiente mensaje le hizo levantar una ceja.
«¿Crees que no le enviaría un mensaje directamente? Me ha bloqueado».
Sus ojos se desviaron instintivamente hacia Luis y luego volvieron al teléfono.
Su atención se movía rápidamente entre el hombre y la pantalla, acelerándose con cada segundo que pasaba.
En realidad, desde el primer pitido de su móvil y sus risitas ahogadas, Luis había estado lanzándole miradas de reojo. Ahora, al ver su mirada rebosante de curiosidad incontenible, la sospecha se apoderó de él.
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Luis interrumpió su trabajo, levantó la cabeza y carraspeó suavemente. «¿Qué te ha dicho?».
Verena arqueó una ceja, con los ojos brillantes de picardía mientras levantaba el móvil. «Dice que esta noche se siente sola y que te está esperando en el Hotel Serenity. Y que, si no vas, buscará a otro hombre con quien pasar la noche».
Las palabras exactas de Miranda habían sido mucho más sencillas; Verena las había adornado con trazos audaces propios.
Aunque rara vez se permitía bromas tan juguetonas, ese pequeño truco le había resultado sumamente divertido.
A Luis le tembló el párpado. Se apartó con calma, pero sus cejas fruncidas lo delataron.
Una corriente de inquietud le recorrió el cuerpo, pensamientos perturbadores que no acababa de poder definir.
Tras un instante de silencio, su voz se volvió grave. «¿De verdad ha dicho eso?».
Al ver su reacción, Verena se rió para sus adentros, pero mantuvo una expresión serena. Con fingida inocencia, asintió con la cabeza. «Es totalmente cierto. En fin, ya te he transmitido el mensaje y he dicho lo que tenía que decir. Luis, te dejo con tu trabajo».
Reprimiendo una sonrisa, recogió su portátil y salió discretamente de la oficina.
Luis apretó los labios, no hizo ningún gesto para detenerla y volvió a centrarse en sus papeles.
A simple vista, parecía como si sus palabras fueran una brisa pasajera que no había dejado ni una sola onda en su corazón.
Sin embargo, cuando llegó la reunión de la tarde, cometió varios errores inusuales con los datos.
Al caer la tarde, una luz dorada se colaba por la ventana, iluminando su escritorio.
Luis estaba firmando cuando, de repente, su bolígrafo empezó a fallar y se secó.
Intentó garabatear en una página en blanco, pero solo quedaron unos pálidos trazos en el papel.
Frunciendo el ceño, tiró el bolígrafo a un lado; el sonido seco resonó en el silencio.
Se recostó en la silla y sintió una opresión en el pecho.
Se tiró de la corbata, como si aflojarla pudiera deshacer el nudo que le oprimía la respiración.
Durante un largo momento, el silencio se cernió pesado a su alrededor. Entonces, tras respirar hondo, pulsó el intercomunicador.
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