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Capítulo 612:
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La compostura pulida con la que había entrado al salón se desintegró por completo, dejando solo los restos de un hombre.
Sus extremidades yacían inútiles esparcidas por el suelo, demasiado agotadas para moverse. Cada respiración le raspaba la garganta como cuchillas tallando carne.
Su visión se nublaba bajo el peso de la agonía; el mundo a su alrededor disolviéndose en sombras parpadeantes.
Su mente se alejaba más y más; la conciencia deshilachándose como si se arrancara de su cuerpo, a la deriva hacia un vacío oscuro.
Entonces, entre la neblina, la memoria lo arrastró hacia atrás.
En otro tiempo, no había sido Simon en absoluto —había sido Carl.
Las ruinas de Clokron se alzaron de nuevo ante él; calles destrozadas y ahogadas en el caos.
El humo asfixiaba el cielo, espeso y acre, arañándole los pulmones hasta que cada respiración quemaba.
Recordaba estar boca abajo en el suelo helado; el polvo tapándole la boca y la nariz; cada bocanada una batalla perdida.
La sangre manaba de sus heridas en un hilo constante; el frío robándole el calor del cuerpo más rápido de lo que podía aferrarse a la vida. En esos momentos que se apagaban, Carl estaba seguro de que la muerte había venido por él.
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Y entonces, entre la neblina, lo vio —un destello de blanco cortando las ruinas, una figura descendiendo como un ángel al desastre.
Entre el humo y el polvo, Verena apareció con su bata blanca, corriendo hacia él con una determinación feroz; el flequillo azotándole en el viento.
Incluso borrosa por las cenizas y la destrucción, sus ojos habían brillado con una preocupación genuina.
Carl todavía recordaba las palabras que habían cortado el caos. «Dame la mano. Yo te saco.»
Su palma se había extendido hacia él sin dudar, firme y segura.
Ese momento lo había jalado de vuelta al borde de la muerte, arrastrándolo del abismo que amenazaba con tragárselo.
Había sido el instante más inolvidable de su vida. Ahora, mientras la agonía volvía a jalarlo al fondo, el recuerdo se retorcía cruelmente contra el presente.
Reuniendo los últimos retazos de sus fuerzas, Carl levantó el brazo; cada centímetro sintiéndose como si pesara mil kilos. Desde su garganta destrozada, raspó un ruego roto. «Evelyn… sálvame…»
Las palabras eran débiles, lastimeras, casi infantiles.
Verena se movió hacia él con pasos medidos.
Los guardaespaldas apretaron el agarre al instante; inmovilizando a Carl contra el suelo, sin intención de darle la oportunidad de arremeter.
Sus ojos se clavaron en ella; una chispa de esperanza encendiéndose entre la sangre y la neblina.
La mujer que una vez lo había jalado de regreso del infierno seguramente volvería a salvarlo.
Pero esa esperanza se hizo añicos en el momento en que ella se arrodilló frente a él. Su mirada era hielo, fijada no en su rostro sino en sus piernas. Sus dedos delgados se extendieron y presionaron con firmeza contra su rótula con una precisión clínica.
Un rayo de dolor blanco lo atravesó; disparándole por los huesos hasta robarle el aire de los pulmones.
Sus ojos se abrieron de par en par; los dientes apretados; el terror tiñendo cada línea de su rostro.
Se sacudió por instinto, pero los guardias lo inmovilizaron con facilidad.
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