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Capítulo 278:
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Pero antes de que su anticipación pudiera echar raíces, Isaac soltó una carcajada baja y sin humor. «Eso no es más que una ilusión tuya.» Su voz cortó como hielo. Girando la silla, se alejó sin decir otra palabra, dejándola mirando su espalda mientras esta se hacía más pequeña en la distancia.
Al caer la tarde, Verena había terminado de preparar el último de los medicamentos de Isaac. Con el trabajo concluido, se acurrucó en la silla colgante de su balcón, hojeando perezosamente un libro mientras la luz del sol se derramaba sobre las páginas.
El tenue clic de la puerta llegó a sus oídos. Echó un vistazo por encima del hombro, y sus labios se curvaron en una sonrisa cálida. «Isaac, ya llegaste.»
Cerró el libro, lo dejó sobre la mesita a su lado y se puso de pie con gracia, yendo a su encuentro.
Él respondió con un asentimiento distraído, sus ojos deteniéndose en ella más tiempo de lo habitual, con algo sombrío en su profundidad.
La mente de Isaac estaba en otro lugar. Conocía demasiado bien el temperamento de Katelyn: impulsiva, obsesiva, impredecible. Si decidía fijar su locura en Verena, no se detendría ante nada. Solo el pensamiento le pesaba enormemente.
«La comida ya está puesta», dijo Verena con ligereza. «¿Bajamos a cenar?»
Pero su esposo parecía perdido en sus pensamientos, sin moverse. Ella inclinó la cabeza, captando su inquietud. «Isaac, ¿en qué estás pensando?»
Él lo sacudió, aunque su tono cargaba una advertencia callada. «Si alguien intenta comunicarse contigo en los próximos días, ignóralo.»
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Ella arqueó las cejas, con una chispa de curiosidad en la mirada. «¿Oh? ¿Hay alguien causando problemas?»
Recostándose contra la pared, Verena apoyó el mentón en la palma de la mano, con una sonrisa pícara en los labios. «No me digas que es una de tus antiguas admiradoras.»
Su voz cargaba más diversión burlona que celos, como si estuviera buscando chisme más que buscar tranquilidad. Esa ausencia de envidia inquietó a Isaac de una manera que no supo explicarse. Un extraño impulso surgió en él: quería que a ella le importara, aunque fuera un poco.
«Sí», admitió en voz baja. «Una mujer que me persiguió durante años en la escuela.»
Los ojos de Verena se abrieron de par en par, con el tono cargado de sorpresa exagerada. «¿Desde la escuela? Eso sí es devoción real. ¿Incluso después de todo este tiempo, y a pesar de que estás casado, todavía no la suelta? Qué enternecedor. ¿Acaso no te conmueve siquiera un poco tanta lealtad?»
Se inclinó más cerca, su expresión juguetona flotando a centímetros de su rostro, como si estuviera defendiendo a la otra mujer en vez de a él.
Isaac entrecerró los ojos, estudiando su rostro como si buscara la más mínima grieta. Lo que encontró no fue celos en absoluto, sino una chispa de curiosidad: como si estuviera intrigada más que perturbada.
Una inquietud extraña se revolvió en él, y sus cejas se fruncieron. «¿De verdad no te importa?» preguntó, con el tono bajo y teñido de frustración.
Verena inclinó la cabeza, con una expresión de confusión genuina. «¿Por qué habría de importarme?» respondió con honestidad. «No estás involucrado con ella, ¿verdad? Entonces, ¿qué habría que molestarse?»
Su calma apagó su agitación, aunque no le trajo ningún consuelo.
Katelyn no significaba nada para él. Esa era la verdad. Pero lo que él quería no era solo la aceptación lógica de Verena: era fuego. Quería una prueba de que a ella le importaba lo suficiente como para sentirse sacudida, de que se volvía posesiva, de que ardía por él tal como él ardía calladamente por ella.
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