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Capítulo 367:
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Kristopher solía restarle importancia al pasado con un encogimiento de hombros y una sonrisa burlona, como si las viejas historias fueran polvo que pudiera soplar con indiferencia. Pero detrás de esa actitud despreocupada se escondían años de esquivar puñales disfrazados de favores.
Ahora que Charles había vuelto a llamar a Tommy al redil, estaba claro: la familia quería un matón, y Tommy encajaba a la perfección. Kristopher acababa de ser enviado al banquillo, y el partido se estaba calentando.
Estaba solo: sin aliados, sin ataduras. Solo el peso de su nombre y el silencio de un rincón vacío.
Dayna no podía quedarse al margen. Quizá fuera la deuda que tenía con él. Quizá fuera el vínculo tácito que se había forjado la noche en que él la sacó del infierno. En cualquier caso, quedarse al margen no era una opción.
Las manos de Kristopher se tensaron, los nudillos pálidos contra la madera oscura del escritorio. Un destello —apenas más que un suspiro— se encendió detrás de sus ojos. Demasiado débil para percibirlo. Demasiado rápido para que Dayna lo notara.
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«Te acompañaré mañana», dijo, como si fuera una decisión casual. Pero no lo era. Puede que a Charles no le cayera bien, pero con gente presente, Dayna apostó a que él no se arriesgaría a montar un espectáculo echándola.
Kristopher asintió con frialdad. «De acuerdo».
Dayna asintió y se dio la vuelta, ajena a la estela que había dejado aquel breve instante. Arriba, se metió en la ducha para darse un baño caliente.
Para cuando salió, el cielo se había transformado en un mar negro, con la tormenta desatada por completo en el exterior.
Pronto, la lluvia golpeó las ventanas como puños, y los truenos rasgaron el cielo de par en par, irregulares y despiadados. El viento azotó los árboles, retorciendo sus ramas como bailarines en un frenesí.
La medianoche lucía una máscara de película de terror: destellos de relámpagos parpadeando contra las paredes como obturadores de cámara, sombras moviéndose en las esquinas de la habitación.
Dayna lo sintió en el pecho. Su pulso dio un salto nervioso.
Nadie sabía lo mucho que odiaba las tormentas. No desde que falleció su madre. Ahora, sola en la cavernosa villa, cada eco rebotaba como un fantasma susurrando su nombre.
Se quedó paralizada, con el frío del suelo de mármol calándole hasta los huesos. La tormenta la envolvía como una red, y cada trueno la apretaba más.
Finalmente, con las extremidades entumecidas y la respiración entrecortada, se levantó y se dirigió en silencio hacia la única luz que aún permanecía encendida.
La puerta del estudio estaba entreabierta, y una cálida franja dorada se derramaba en el pasillo. Se quedó a las puertas, con el corazón en un puño, y llamó suavemente. «¿Sigues trabajando sin descanso ahí dentro?».
La puerta se abrió un segundo después y la alta figura de Kristopher llenó el espacio, a contraluz como una estrella de cine, con sus rasgos marcados aún más definidos en el resplandor.
Estaba acostumbrada a verlo desde la perspectiva más baja de su silla de ruedas. Ahora, con él de pie —hombros rectos, mirada a la altura de los ojos—, Dayna tenía que inclinar la cabeza cada vez. Se sentía… diferente.
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