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Capítulo 368:
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«¿Qué pasa?», preguntó Kristopher.
Desde que sus piernas habían empezado a cooperar, Dayna le había estado animando a deshacerse de la silla, a enfrentarse al dolor y luchar por recuperar su vida.
Sus ojos se desviaron hacia el caos del exterior y luego volvieron a posarse en el rostro de ella: pálido, con los labios apretados, claramente desmoronándose.
«No es nada grave», murmuró ella, bajándose las mangas hasta cubrirse los dedos. «Solo… si no estás muy ocupado, ¿quizá podría quedarme un rato en el estudio? No hablaré. No te molestaré. Solo necesito…»
Dejó la frase en el aire, demasiado orgullosa para admitir que una mujer adulta como ella se asustaba con los truenos.
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Pero Kristopher no insistió. Dio un paso atrás y le indicó que entrara. «El sofá es tuyo».
Dayna ya había husmeado antes en el estudio de Kristopher: nada excesivamente personal, solo las habituales estanterías que se doblaban bajo el peso de los tomos, un escritorio bien ordenado y la presencia inesperada de una cama y un sofá arrinconados en un rincón. Desde que se casaron, esa habitación se había convertido en el santuario de Kristopher. El lugar que había elegido para dormir. Para pensar. Para retirarse.
Al poco rato, le trajo una manta: silencioso, eficiente y atento como siempre.
Se dejó caer en el sofá, con su acogedor pijama blanco creando un suave contraste con la tormenta del exterior, y la manta gris cubriéndole holgadamente los hombros.
«Sigue con lo tuyo», murmuró, acurrucando las piernas bajo el cuerpo. «No te preocupes por mí».
Kristopher asintió brevemente —sin palabras, solo ese reconocimiento sereno de ella— y luego volvió a su ordenador.
Una imponente pila de papeles yacía intacta a su lado, erigiéndose como un desafío a la espera de ser conquistado.
El estudio se sumió en un silencio sepulcral. Sin charla trivial. Sin movimiento. Solo el suave golpeteo de la lluvia contra las ventanas y el sordo retumbar de los truenos surcando el cielo.
Quizá fuera su presencia. Quizá solo el silencio. Pero algo en Dayna comenzó a desentrañarse: una espiral apretada dentro de su pecho que se aflojaba, poco a poco. Apoyó la barbilla en la palma de la mano y dejó que su mirada se desviara hacia Kristopher. Incluso ahora —después de todo— ella…
…no podía evitar pensar que los dioses habían tenido sus favoritos cuando lo crearon. Mandíbula cincelada, mirada serena, ese tipo de rostro… Podría dejar el mundo empresarial mañana mismo y conseguir una campaña de moda el viernes.
Le empezó a doler el brazo de sostener la cabeza, así que cambió de lado, sin apartar la mirada de él.
Estaba esperando —con una pizca de esperanza— a que los truenos dieran un respiro para poder escabullirse de vuelta a su propia cama sin parecer una cobarde.
Pero la tormenta no había terminado. Los relámpagos destellaban como obturadores de cámara, y los truenos retumbaban sin cesar.
Al final, el sueño se apoderó de ella como una marea lenta, suave y pesada, nublándole la mente.
Sus párpados se cerraron, las pestañas parpadearon una vez… dos veces… y entonces el sueño la arrastró.
Desde el otro lado de la habitación, Kristopher la miró de reojo.
El sofá estaba a unos tres metros del escritorio, lo suficientemente lejos como para que Dayna no se diera cuenta de algo curioso: desde el momento en que había entrado, Kristopher no había pasado ni una sola página.
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