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Capítulo 114:
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Esa voz aguda y gélida atravesó los pensamientos de Declan, despejando al instante los últimos rastros de su aturdimiento provocado por el alcohol.
La verdad era que ni siquiera estaba borracho. Aun así, cada una de sus palabras había brotado directamente de su corazón.
La casa sin Dayna parecía una tumba. Estos últimos días de soledad le habían mostrado exactamente lo vacío que se había vuelto su mundo.
Todo lo que antes le recordaba a Dayna había desaparecido sin dejar rastro. Sin embargo, su presencia —o la falta de ella— de alguna manera perduraba en el aire, tenue pero innegable.
Ya no había desayunos abundantes esperándole cada mañana. Ya no había conjuntos perfectamente combinados y dispuestos con esmero.
Ese suave y acogedor resplandor que solía iluminar sus regresos a altas horas de la noche se había extinguido. Esos remedios mágicos para la resaca que ella le preparaba no eran ahora más que recuerdos.
Todo lo que importaba se había desvanecido, dejándole a la deriva en su propia vida.
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Los consejos bienintencionados de Tina caían en saco roto. Un deseo desesperado lo consumía por completo: recuperar la vida que habían construido juntos. Pero ahora…
La furia lo invadió mientras agarraba el teléfono. «Dayna, ¿con quién demonios estás ahora mismo? Por favor, no me digas que es ese pedazo de basura de antes. ¿Dónde está tu dignidad? ¿Qué te ha pasado? ¿No puedes sobrevivir ni un solo día sin tener a algún hombre rondándote? Estabas tonteando a mis espaldas todo este tiempo, ¿verdad? ¡Por eso presionaste para el divorcio!
Cuando localizara a ese hombre misterioso, Declan se aseguraría de que el muy cabrón se arrepintiera de haber tocado a su mujer.
El hielo se coló en la voz de Dayna. «Mi compañía no es en absoluto asunto tuyo. ¿Qué te hace pensar que tienes derecho a exigir respuestas?»
La voz de Declan bajó a un tono peligroso. «Escucha con atención. Esta fase rebelde tuya tiene que acabar. Sigue jugando y cualquier posibilidad de reconciliación morirá para siempre. ¡Hay límites a lo que voy a tolerar!»
Dayna puso los ojos en blanco, agotada de paciencia. A veces, hablar con Declan era como conversar con una especie alienígena.
«Intenta practicar este discurso con Madison en su lugar. Si vuelves a acosarme, no me haré responsable de mi reacción».
«Dayna, quiero tu dirección inmediatamente. Voy para allá ahora mismo. ¡Deja de ponerme a prueba!». La voz de Declan retumbó mientras cogía las llaves de la encimera. Otros podían perseguir a quien les apeteciera, pero Dayna le pertenecía solo a él.
«Métete en tus asuntos». Las palabras de Dayna estaban cargadas de puro veneno antes de que colgara.
Fijándose en la creciente lista de números bloqueados de su teléfono, se preguntó si cambiar de número por completo no sería la decisión más inteligente. Bloquear a Declan parecía inútil, ya que él podía pedir prestado fácilmente el teléfono de otra persona para seguir acosándola.
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