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Capítulo 113:
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Se retiraron a habitaciones separadas, donde una sola pared los dividía, pero el espacio entre ellos parecía, de alguna manera, más espeso que el hormigón. Era la primera noche de Dayna allí. Pero más que eso, era la primera vez que se daba cuenta de que esto no era solo una visita. Esta era su nueva realidad.
Su dormitorio no se parecía en nada al suyo, austero y disciplinado. Las paredes estaban pintadas en tonos cálidos, los muebles del color de la luz del sol reflejaban la luz de la lámpara y pequeñas plantas en macetas daban vida a las esquinas. Alguien se había encargado del diseño, con verdadero esmero.
Las puertas del armario se abrían para revelar ropa de temporada de su talla, cada percha colgada con prendas elegidas cuidadosamente para ella.
Al otro lado de la habitación, un espejo de cuerpo entero se alzaba junto a un tocador a medida. De esos que no solo cumplían una función, sino que transmitían permanencia.
Como si Kristopher la hubiera estado esperando desde el principio.
Y fue en ese momento de silencio cuando un pensamiento extraño se coló en su mente.
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Este matrimonio nunca tuvo la intención de significar nada. Solo un contrato sellado con fría lógica. Una alianza calculada.
Una asociación, en el mejor de los casos.
Entonces, ¿por qué se había esforzado tanto Kristopher por ella?
No solo una vez, sino una y otra vez: gestos silenciosos, atenciones tácitas, consideraciones pensadas que no tenían cabida en un contrato comercial. Incluso desde su primer encuentro, tras la frialdad de su actitud inicial, se había adaptado a sus ritmos sin dudar, como si ya estuviera en sintonía con sus necesidades.
No era lógico. Y una vez que la idea echó raíces, comenzó a desmoronar todo lo que ella creía entender.
Dayna se sentó en el borde de la cama, fijando la mirada en el suave resplandor de la luz del tocador, y luego sacudió la cabeza con un movimiento breve y brusco. No. No iba a entrar en eso.
Su acuerdo era claro: ella le ayudaría a recuperarse y, a cambio, él desmantelaría el Grupo Foster. Cuando todo acabara, seguirían caminos separados. Ese había sido siempre el plan.
Con un largo suspiro, se tumbó de nuevo y se giró sobre un costado.
El calor de las mantas la envolvió y, al desaparecer por fin el peso del día, el sueño le llegó fácilmente… hasta que el estridente timbre de su teléfono rompió el silencio y la despertó de golpe.
Aturdida, parpadeó en la oscuridad, buscando a tientas el teléfono en la mesita de noche. La pantalla le devolvió un destello: «Número desconocido». Deslizó el dedo para contestar mientras se dirigía descalza hacia la cocina, buscando un vaso de agua.
—Habitación 001 —se oyó una voz ronca al otro lado de la línea—. En el Noir Bar. Ven a recogerme.
Las palabras la despertaron de golpe, como una bofetada.
Se quedó paralizada, mirando fijamente el identificador de llamadas.
Un número desconocido… ¿pero esa voz? La reconocería en cualquier parte. Declan. Su instinto fue inmediato: colgar. No entrar al trapo.
Pero antes de que su pulgar pudiera pulsar la pantalla, su voz volvió a sonar entre balbuceos. «He bebido demasiado esta noche… Quiero que me cuides. Sin ti… ya no puedo acostumbrarme a nada».
Los labios de Dayna esbozaron una sonrisa amarga. Tenía un descaro increíble: empapado en alcohol, llamándola como si ella siguiera siendo su red de seguridad personal. Susurrando palabras bonitas que antes utilizaba como arma. Palabras que hacía tiempo que habían perdido su peso. Mentiras. Todas y cada una de ellas.
Su voz sonó plana y fría. «Si necesitas a alguien que te recoja los desastres, llama a tu ama de llaves. No me llames en mitad de la noche como si todavía te debiera algo». Hubo un instante de silencio, y luego una protesta aturdida. «Dayna… nunca solías hablarme así. Yo…»
Antes de que Declan pudiera terminar, una voz grave lo interrumpió desde el lado de Dayna. «¿Quién llama a estas horas?»
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