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Capítulo 127:
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Dejando a un lado todo lo que había pasado entre ellos, ¿por qué era ella la que se sentía culpable y nerviosa, como si fuera ella la que hubiera actuado mal?
Edward se acercó, sin apartar la mirada de ella ni un instante.
«¿No fuiste tú quien dijo que no debía preocuparme por lo que pasó aquella noche?», preguntó de repente.
«No es diferente a como era antes, cuando vosotros dos solíais pasar los fines de semana aquí. ¿Qué hay de malo en eso? ¿O hay algo más que te preocupe?».
Olivia no supo qué responder. Sintió que el corazón se le aceleraba.
«Yo… no estoy preocupada por nada», dijo, frunciendo el ceño, antes de decidirse a ser totalmente sincera. «¿No te vas a casar pronto? Mi presencia aquí podría dar lugar a malentendidos».
Esa, en realidad, era una de las principales razones por las que había insistido en restar importancia a lo que había pasado la otra noche. Edward estaba comprometido, y la noticia ya se había difundido por todas partes. No tenía ningún interés en provocar un escándalo en un momento tan delicado. Y menos aún quería ofender a Viola.
«¿Esa es la única razón?».
«¿No es razón suficiente?», replicó Olivia, al fijarse en su expresión despreocupada. Luego intentó insistir un poco más en el tema. «Sigo pensando que no es apropiado que Emma y yo nos quedemos aquí».
Edward se quedó en silencio unos segundos. Luego se acercó lentamente, con una leve sonrisa esbozándose en sus labios. Su voz se redujo a un murmullo, suave como un susurro justo al lado de su oído.
«¿Estás segura de que esto es solo un malentendido?».
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Hizo hincapié en la palabra malentendido, como si intentara recordarle algo.
Olivia se quedó paralizada, incapaz de recuperar la compostura.
«Yo… tengo que ir a ver cómo está Emma».
Dicho esto, subió apresuradamente las escaleras. Desde abajo, Edward la vio alejarse, con expresión serena, mientras sus largos dedos trazaban distraídamente la figura de jade de una bestia. Una leve sonrisa de satisfacción se dibujó en su rostro.
¿De verdad no te preocupa lo que pasó aquella noche? Porque desde luego no lo parece.
Aeropuerto Internacional de Shanghái.
«Acabo de aterrizar. Estoy esperando mi equipaje», dijo Alayna entre estornudos, abrazándose a sí misma para protegerse del frío. Se sonó la nariz con fuerza y añadió, en un mensaje de voz: «Ya basta, dejémoslo por ahora. Ya veo mi maleta».
Una maleta roja daba vueltas lentamente por la cinta transportadora. Se guardó el móvil en el bolsillo y, justo cuando iba a coger su equipaje, otra mano se le adelantó y la retiró de la cinta con facilidad.
«De nada».
Antes incluso de que pudiera dar las gracias, una voz familiar y poco grata resonó justo al lado de su oído.
Alayna se tragó las palabras de cortesía que estaba a punto de decir y soltó un suspiro. Le lanzó una mirada de reojo y refunfuñó: «¿Te he pedido ayuda? ¿Por qué sigues apareciendo por todas partes?».
Kevin sonrió, claramente acostumbrado ya a su lengua afilada.
«Está lloviendo fuera. ¿Te va a recoger alguien? Si no es así, puedes venir conmigo».
«No, gracias», respondió ella, lanzándole una mirada fulminante mientras alejaba su maleta de él.
Pero Kevin la alcanzó rápidamente y se puso a su lado sin ningún problema.
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