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Capítulo 549:
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Cuando la cena tocaba a su fin, muchos de los empleados estaban demasiado borrachos para caminar con normalidad. Jenessa, siempre la jefa responsable, llamó a varios taxis para que todos pudieran irse a casa a salvo.
Justo cuando estaba a punto de pedirle un taxi a Richard, que estaba un poco achispado, este habló inesperadamente.
—Jenessa, ¿quieres dar un paseo conmigo por ahí?
Jenessa miró en la dirección que Richard señalaba, mordiéndose el labio vacilante. Las palabras flotaban en la punta de su lengua, pero no se atrevía a pronunciarlas en voz alta.
Richard, notando su inquietud, le dedicó una sonrisa tranquilizadora.
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«No estoy tan borracho», dijo con una sonrisa.
«Además, me vendría bien un poco de aire fresco para aclararme las ideas».
Tras una breve pausa, Jenessa finalmente asintió.
«Vale, a mí también me vendría bien un paseo, después de tanta comida».
Los dos caminaron juntos, con la suave brisa que les acariciaba el pelo y les traía el frescor del aire nocturno. La atmósfera era serena mientras deambulaban.
De repente, un leve sonido llamó su atención.
Instintivamente se volvieron para mirar en la dirección del sonido y encontraron a una niña pequeña agachada en el suelo, llorando.
Entonces, un niño pequeño se acercó corriendo a ella, con el rostro radiante de determinación.
«¡No llores! ¡Mira! Tengo un regalo para ti», le dijo, sacando algo de detrás de su espalda con un ademán, como un mago revelando su mejor truco. Era una hermosa rosa, con pétalos de un rojo intenso y aterciopelado.
«¿No te encanta? Bueno, pues esta es para ti. Así que, por favor, deja de llorar, ¿vale?».
El rostro de la niña, surcado por lágrimas, se iluminó de sorpresa y alegría. Se rió y cogió la rosa con alegría. Los dos niños se cogieron de la mano y se alejaron felices, sus risas resonando en el aire como una dulce melodía.
Al ver esta tierna escena, Jenessa sintió cómo una oleada de emoción la inundaba, y su corazón se llenaba de nostalgia.
Entonces, se dio cuenta: la razón por la que este lugar le resultaba tan familiar era que solía ser su base secreta, donde ella y Richard solían jugar de niños.
A su lado, Richard se rió entre dientes.
—Jenessa, ¿te acuerdas? —preguntó, con expresión melancólica mientras rememoraba sus recuerdos de infancia compartidos.
«Cuando éramos niños, te traía aquí cada vez que te enfadabas por algo. Y, al igual que ese niño de hace un momento, trataba torpemente de animarte».
Los recuerdos de esos preciosos momentos inundaron la mente de Jenessa, pintando su rostro con una cálida e inconsciente sonrisa.
De repente, Richard dejó de caminar y se volvió hacia ella, con una mirada intensa y inquisitiva.
«Jenessa», comenzó, con la voz teñida de arrepentimiento.
—Hace tres años, cuando tu familia pasó por ese momento difícil, yo no estuve ahí para ayudarte. ¿Me guardas rencor por eso?
Jenessa parpadeó, sorprendida por la pregunta repentina.
—Por supuesto que no —respondió con sinceridad—.
Has hecho mucho por mí a lo largo de los años. Te estoy agradecida; ¿cómo podría culparte? Además, no podíamos haber predicho lo que pasó entonces.
Richard respiró hondo, con expresión cautelosa.
—Entonces, hagas lo que hagas, no me odiarás, ¿verdad?
Jenessa ladeó la cabeza, un poco desconcertada por su insistencia.
—Confío en ti. Nunca harías nada que me hiciera daño, así que, ¿por qué iba a odiarte?
El alivio se apoderó del rostro de Richard, y sus ojos se arrugaron en una cálida sonrisa.
Tras un momento de silencio reflexivo, el tono de Richard cambió.
«¿Y él?», preguntó con voz baja y sondeadora.
«¿Le odias?».
La observó atentamente, con los ojos fijos en su rostro, ansioso por captar el más mínimo destello de emoción. Jenessa estaba demasiado aturdida para responder.
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