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Capítulo 28:
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En cuanto comprendió la situación, soltó una retahíla de palabrotas mientras enviaba el dinero. Los problemas parecían acosarle sin cesar. Se preguntaba cómo se suponía que iba a mantener la compostura.
Apretó los ojos con fuerza, sintiéndose agotado. Desde que Grace se había marchado, su empresa había empezado a desmoronarse. Varios clientes importantes se habían retirado. El equipo técnico había dimitido. Incluso tratar con el banco se había vuelto imposible.
A veces, parecía como si la familia estuviera embrujada, perseguida por la mala suerte que llevaba el nombre de Grace.
Una vez completada la transferencia, Ivy no perdió ni un segundo. Le tendió su tarjeta a la cajera, ansiosa por terminar.
Tras una pausa tensa, Demi finalmente soltó una disculpa. «Grace, siento lo que le ha pasado a tu abrigo. Me aseguraré de que no vuelva a pasar».
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Grace se limitó a asentir y respondió: «No siempre paso por alto las cosas».
Sin perder ni un minuto más, se alejó y se reunió con Adrianna.
Demi apretó los puños, clavándose las uñas en las palmas mientras miraba con ira cómo se alejaba Grace. La ira le bullía en el pecho, casi adormeciéndola.
«Mamá», susurró Demi con voz temblorosa, «¿de verdad vamos a dejarla marchar?».
Con el ceño fruncido, Ivy metió su tarjeta en el bolso y agarró a Demi por el brazo. «Vámonos a casa. Tu padre ya está furioso».
Sin decir nada más, salieron corriendo.
En su interior, Ivy juró entre dientes que se aseguraría de que Grace pagara por esto.
Adrianna saludó a Grace con una tímida sonrisa en los labios. «Siento haberte hecho esperar. Llego un poco retrasada».
«No te preocupes. Yo también acabo de llegar», respondió Grace.
Sacó de su bolso un pequeño tarro blanco y se lo puso en la mano a Adrianna. «Esta es la crema que te he preparado. Aplícatela en esa mancha oscura antes de acostarte y empezarás a ver cómo se aclara».
Una brillante esperanza brilló en los ojos de Adrianna al aceptar el pequeño frasco. Al destaparlo, percibió un aroma fresco y suave con un toque de lavanda que le calmaba los sentidos.
«¿De verdad crees que esto funcionará?», preguntó Adrianna, con la voz temblorosa mientras tocaba ligeramente la marca que se aferraba a su piel.
Grace esbozó una sonrisa discreta. «Sigue usándola durante un mes. Empezarás a notar la diferencia».
«¡Es genial!», exclamó Adrianna, asintiendo con entusiasmo mientras una sonrisa se dibujaba en su rostro.
Guardó la crema en su bolso como si fuera algo precioso, con el corazón rebosante de esperanza.
Esa marca oscura la había convertido en presa fácil de apodos crueles y miradas de reojo desde la escuela primaria. Ningún producto de la farmacia había cumplido jamás lo que prometía, por mucho que lo intentara.
Aun así, había algo en Grace que le hacía querer creer.
A los ojos de Grace, el problema parecía fácil de solucionar. Adrianna ya se imaginaba su piel limpia y radiante. Casi podía verlo.
Más tarde, las dos se fueron de compras. Grace no solía ir de compras, y aquel día le parecía un capricho.
Recorrieron una tienda tras otra, cogiendo algunas camisetas, pendientes y todo lo que les llamaba la atención.
Grace eligió un pañuelo de seda suave para Julia. Adrianna encontró un par de zapatillas mullidas para su abuela.
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