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Capítulo 27:
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Ivy y Demi se quedaron mirándolo en silencio, atónitas, con la incredulidad reflejada en sus rostros. Nunca se les había ocurrido que el abrigo de Grace pudiera ser realmente un auténtico diseño de Aesthetic Atelier.
Aun así, no podían creerlo. ¿Cuánto podía costar limpiar un abrigo? Sin pensárselo dos veces, Ivy sacó su tarjeta de crédito y se la mostró a la cajera. «Adelante, pásala. No tenemos todo el día».
No podía quitarse de la cabeza la sensación de que Grace, de alguna manera, se había hecho pasar por otra para conseguir ese abrigo de diseño.
Le vinieron a la mente recuerdos del orfanato: los donantes adinerados solían dejar ropa de alta costura con la esperanza de obtener buena publicidad. No sería de extrañar que Grace se hubiera quedado con una para impresionar a todo el mundo. Esa idea le proporcionó a Ivy una fugaz sensación de alivio.
Los minutos se hacían eternos y la transacción aún no se había completado.
Molesta por el retraso, Ivy se inclinó hacia delante y exigió: «¿Cuánto tiempo más va a tardar esto? Debería haber sido rápido».
El dependiente esbozó una sonrisa tensa, casi nerviosa. «Lo siento, señora. El servicio de limpieza cuesta doscientos mil y su tarjeta ha sido rechazada».
A Ivy se le cayó la mandíbula. «¿Me estás tomando el pelo? ¿Nos estás montando alguna estafa?»
Imperturbable, el dependiente respondió con voz firme: «Esa es la tarifa habitual para esta prenda. Es un artículo especial, y su cuidado no es barato».
Demi palideció como un lienzo. «¿Doscientos mil solo por la limpieza en seco? ¿Quién cobra eso? Más vale que nos robes directamente».
Sin perder la compostura, el dependiente asintió. «Señora, eso es lo que ha fijado el diseñador y, créame, no es negociable».
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A Ivy se le doblaron ligeramente las rodillas y se agarró al borde del mostrador para mantener el equilibrio.
No recordaba ningún momento en el que la vida le hubiera deparado algo tan extraño. ¿Pero esto? Esto era de otro nivel. ¿Doscientos mil solo por limpiar un abrigo? Era increíble.
Dándose la vuelta, Ivy clavó en Grace una mirada tan penetrante que habría podido cortar cristal. «Tú lo has planeado todo, ¿verdad?»
Grace se apoyó en el mostrador, haciendo girar su móvil con un movimiento perezoso. «Tu hija fue la que empezó todo esto, así que quizá deberías pagar la factura y pedir perdón de paso».
Se acercó a ella, con un tono apenas por encima de un susurro, pero que cortaba más que un cuchillo. «Destruir la propiedad de alguien que cuesta más de mil podría llevarte a los tribunales. ¿Y doscientos mil? Por eso acabarías entre rejas».
El miedo le recorrió el pecho a Ivy, aunque se obligó a parecer imperturbable. «De verdad que no es ningún problema. Nunca nos hemos negado a pagar».
La ira brotó en su interior. Si hubiera podido, habría estrangulado a Grace allí mismo. No podía quitarse de la cabeza la sensación de que todo este caos era a propósito.
Al no ver otra salida, sacó el móvil y llamó a su marido. En ese momento, Luke estaba encerrado en una sala de juntas, sudando bajo la mirada de unos accionistas impacientes.
Casi ignoró la vibración de su móvil hasta que el mensaje desesperado de Ivy le hizo detenerse.
«¿En qué lío nos has metido esta vez?», gruñó Luke, sin apenas poder entender sus palabras frenéticas.
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