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Capítulo 524:
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«No me importa para qué esté reservado». La sonrisa de Kevin era radiante y maliciosa. «Quiero que mi prometida lo vea puesto en alguien que sepa cómo lucirlo».
Se volvió hacia Chantelle. «Pruébatelo». «
Ella abrió mucho los ojos. «Kevin, no podría…»
«Pruébatelo».
Lo trajeron: una nube de seda marfil y cristales cosidos a mano, que valía más que el piso en el que ella había crecido. Chantelle desapareció en el probador y Kevin volvió a sentarse, con el móvil en la mano, redactando el mensaje que iba a enviar.
No a Isidora. A todo el mundo.
Cuando Chantelle salió, la tienda se quedó en silencio. El vestido le quedaba perfecto; claro que sí, había sido esculpida precisamente para este momento. Los cristales reflejaban la luz, la cola se extendía a su espalda como una promesa y, durante un segundo imposible, parecía lo que siempre había querido ser.
Una novia. Una princesa. Una mujer que importaba.
—Haz una foto —ordenó Kevin.
Y así lo hizo. Varios ángulos, varias poses. El anillo que él le había regalado —de circonita, aunque a ella nunca se le había ocurrido cuestionarlo— destacaba en cada fotograma.
Kevin cogió el móvil y escribió él mismo el pie de foto.
𝗧𝗎 𝗱𝗼𝗌𝗶ѕ 𝗱𝘪𝖺𝗿i𝖺 𝗱𝘦 ոo𝗏𝗲𝗹aѕ 𝗲ո 𝗇𝗼v𝘦𝗹𝗮𝘀𝟰𝗳a𝘯.𝗰𝗼𝗺
Hay cosas que simplemente encajan.
Etiquetó a Isidora. Etiquetó a todos los columnistas de cotilleos y fotógrafos de sociedad que jamás hubieran cubierto un evento de los Garrison.
Pulsó «publicar».
La respuesta fue instantánea: las notificaciones no paraban de llegar, «me gusta» y comentarios, y esa dulce y tóxica validación que supone la atención pública. ¡Impresionante! ¡Qué pareja tan guapa! ¿Para cuándo la boda?
Kevin se desplazó por ellos, deleitándose. Eso era poder. Eso era control. Ese era Kevin Garrison, definiendo la narrativa, haciendo que el mundo viera exactamente lo que él quería que viera.
No se percató de la expresión de Chantelle. La forma en que se miraba en el espejo: viendo el vestido, pero no a la mujer que lo llevaba puesto. La creciente constatación de que era un accesorio, no la protagonista.
No se fijó en el dependiente, que ya estaba hablando por teléfono con la central, informando de un posible desastre de relaciones públicas.
Y, desde luego, no se fijó en la notificación que apareció en la parte superior de su pantalla, procedente de una cuenta que no reconoció, pero que debería haber reconocido.
@HymanGarrison_Official: Interesante.
Dos horas más tarde, Kevin entró en el estudio de su padre en la finca de Long Island. Todavía estaba en la nube de la dopamina, convencido de que había ganado algo.
Los dos hombres vestidos de negro deberían haber sido su primera señal de alarma.
—¿Padre? —Se detuvo en el umbral—. ¿Qué está pasando?
Hyman estaba sentado detrás de su escritorio, sin levantar la vista del documento que estaba leyendo. —Cierra la puerta, Kevin.
Así lo hizo. El clic del pestillo le pareció muy fuerte.
—Tu móvil —dijo Hyman—. Muéstramelo.
La confianza de Kevin se tambaleó. —No lo entiendo…
—Muéstramelo.
Se lo entregó. Observó cómo su padre se desplazaba por la publicación de Instagram, los comentarios, la imagen de felicidad y éxito cuidadosamente seleccionada.
«Tú has publicado esto», dijo Hyman. No era una pregunta.
«Sí, señor. Pensé que…»
«Pensaste». Hyman dejó el móvil sobre la mesa y, por fin, levantó la vista. Sus ojos tenían el color de los océanos invernales, de los icebergs que nunca habían conocido el calor. «¿Pensaste que humillar a tu prometida —públicamente, de forma permanente, en un foro donde no se puede borrar nada— era una decisión acertada?».
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