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Capítulo 514:
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Las órdenes se habían dado. La maquinaria estaba en marcha. Durante cuarenta y ocho horas, Cedrick había vigilado los datos financieros como un general que observa las primeras salvas de una guerra que ya había ganado. Pero la victoria no le traía paz.
Llevaba dos días sin dormir. La guerra financiera contra Hyman lo había consumido: cada neurona disparaba impulsada por la adrenalina, el whisky y el odio puro y sin diluir. Las cifras le daban la razón. El imperio de su hermano se desmoronaba.
Pero la victoria sabía a ceniza.
Alargó la mano hacia el vaso de cristal que había en su mesita de noche. Estaba vacío. Se había bebido hasta la última gota del Macallan M antes de medianoche, con la esperanza de que el alcohol acabara con el insomnio.
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No había sido así.
Cedrick dejó caer las piernas al borde de la cama. Su mirada no se posó en el vaso, sino en un pequeño frasco atomizador vacío que había junto a él: una creación a medida, sin etiqueta. Lo cogió y se llevó la boquilla a la muñeca. Nada. Ni siquiera quedaba un atisbo del aroma.
Era la única fragancia que había usado jamás. Un aroma que ella había creado para él. Limpia, nítida, con un trasfondo de algo salvaje y elemental que acallaba el caos de su mente. Él —un hombre que siempre había detestado los perfumes— se había vuelto adicto a este. A su creación.
Cogió el teléfono. Su pulgar se cernió sobre la línea cifrada de Miles Fletcher. Su jefe de gabinete contestó al segundo tono, con la voz pastosa por el sueño, pero al instante alerta.
«¿Señor?»
—Necesito un perfume —dijo Cedrick, con la voz ronca y áspera por falta de uso—. Un encargo a medida. De Liris.
Una pausa. —¿La empresa de la señora Wyatt?
—Crea una sociedad ficticia. Registrada en Delaware. Quiero encargar una fragancia a medida, elaborada por ella personalmente. La petición debe ser para algo ligero y natural. El precio no importa.
—Señor —dijo Miles con cautela—, un encargo directo podría ser… complicado, dadas las circunstancias».
«Dile que el cliente quiere una fragancia que capture la esencia de Cedrick Garrison». Cedrick se acercó a la ventana y contempló la negra extensión de Central Park.
Miles dejó de teclear. «¿Y si se niega?».
La expresión de Cedrick no cambió. «No rechazará el dinero. Su empresa está en quiebra. Hazle la oferta».
«Sí, señor».
Cedrick colgó. Miró el atomizador vacío que tenía en la mano, la cama vacía, las luces de la ciudad que parecían burlarse de su soledad.
Alice Mercer se quedó mirando su bandeja de entrada como si fuera a morderla.
El correo electrónico había llegado a las 6:47 de la mañana, marcado como de alta prioridad. El remitente figuraba como Aethelred Holdings, LLC. El asunto decía: Consulta confidencial a medida.
Lo abrió.
Al llegar al tercer párrafo, tenía los ojos como platos.
«Dios mío», susurró.
La oferta era asombrosa: un anticipo de siete cifras por una única fórmula personalizada. Las condiciones eran sencillas, pero específicas: un perfume ligero y natural, elaborado en exclusiva por Isidora Wyatt. El precio no era un factor limitante.
Llamó tres veces a la puerta del laboratorio. Era su código para emergencias.
Isidora salió, quitándose los guantes de nitrilo y las gafas de seguridad. Llevaba el pelo recogido en un moño desordenado y tenía ojeras de haber pasado otra noche en vela.
«¿Qué?», preguntó. Sin saludar.
Alice le tendió la tableta. «Hemos recibido una consulta. Un trabajo a medida. Tienes que ver esto».
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