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Capítulo 213:
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De regreso en el lobby, Cedrick permaneció perfectamente inmóvil. Miró las puertas giratorias.
Lentamente, sacó la mano derecha del bolsillo del pantalón.
Tenía el puño tan apretado que sus uñas habían atravesado la piel de la palma. Cuatro gruesas gotas de sangre oscura cayeron de su mano y aterrizaron sin ruido sobre el costoso suelo de mármol.
…
Treinta minutos después, el caótico ruido del tráfico matutino de Manhattan quedó completamente amortiguado.
Isidora y Joy estaban sentadas en un reservado de terciopelo privado e insonorizado, en el rincón trasero de un exclusivo restaurante francés con estrellas Michelin cerca de Central Park. Un mesero en un impecable esmoquin blanco colocó en silencio un tazón de sopa humeante de trufa negra frente a Isidora. Ella no tocó la cuchara de plata. Miraba fijamente el líquido oscuro, con el cuerpo físicamente presente pero la mente completamente entumecida.
Joy estaba sentada frente a ella, con los brazos cruzados firmemente sobre el pecho, observándola con el intenso y enfocado escrutinio de una fiscal.
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«Está bien», dijo Joy, rompiendo el silencio. Su voz era tajante e inflexible. «Se acabó el fingir. Vas a contarme exactamente qué hacías en el penthouse de ese hombre, y por qué te habló como si fueras algo que recogió del suelo.»
Isidora levantó la vista lentamente. Vio la genuina y feroz lealtad ardiendo en los ojos de Joy.
Soltó un largo y agotado suspiro. El peso de los secretos finalmente la quebró.
Le contó a Joy la verdad esencial — que su relación con Cedrick había cruzado hacia algo oscuro, una obsesión física mutuamente destructiva de la que ninguno de los dos había salido intacto.
Joy escuchó en absoluto silencio, con los ojos abriéndose más con cada oración.
Cuando Isidora terminó, Joy se recostó contra el cojín de terciopelo y exhaló bruscamente.
«Es un sociópata, Isi», afirmó sin rodeos. «Te usó. Los hombres en la cima de la pirámide Garrison no tienen corazón. Tienen libros de contabilidad. Fuiste un activo temporal en su balance.»
Isidora miró sus manos. Los dedos le temblaban ligeramente.
«Lo sé», susurró, con la voz quebrada. «Lo sé ahora. Solo que no pensé que pudiera ser tan cruel.»
Joy miró la expresión destrozada de su amiga. Un destello de profunda empatía cruzó su rostro — pero Joy entendía que la empatía sola no salvaría a Isidora. Solo la verdad brutal podía extirpar la infección.
Se inclinó sobre la mesa y bajó la voz a un murmullo tranquilo y deliberado.
«Isi, tienes que cortarlo de tu vida completamente. Hoy», dijo Joy con firmeza. «Porque lo que él dijo en ese lobby sobre su futura esposa no fue solo un insulto calculado para herirte. Es real.»
La cabeza de Isidora se disparó hacia arriba. Su corazón se detuvo. La sangre le rugió en los oídos.
«¿De qué estás hablando?», preguntó, con la voz apenas un hilo.
Joy metió la mano en su bolso de diseñador, sacó el teléfono, tocó la pantalla varias veces y lo deslizó por la mesa.
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