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Capítulo 1950:
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Sharon dio un paso adelante, abrazó a Stella y le dio unas suaves palmaditas en la espalda. «Sé que esto es duro. Si quieres llorar, llora. Desahógate, te sentirás un poco mejor».
Envuelta en los brazos de Sharon, sintiendo el calor constante de su abrazo, Stella finalmente se derrumbó. Sus sollozos eran fuertes e incontrolables. Toda la aprensión y la impotencia que había estado reprimiendo durante días se desbordaron de golpe.
«Sharon, ¿qué debo hacer? Tengo tanto miedo… Temo que no lo consiga. ¿De verdad voy a perderlo? ¿Por qué me está pasando esto a mí?».
Su voz sonaba entrecortada, apenas audible entre el llanto. Había creído que ella y William serían capaces de superar todas las dificultades y, por fin, encontrar la felicidad juntos. Entonces, ¿por qué les asaltaba una desgracia tras otra, sin que se vislumbrara un final?
Sharon siguió acariciándole suavemente la espalda, sin decir nada. Sabía que, antes de que ella volviera, otros ya debían de haber intentado consolar a Stella, tranquilizándola y diciéndole que no tuviera miedo. Cualquier cosa que dijera ahora probablemente sonaría vacía. Así que, en lugar de eso, se limitó a abrazar a Stella y dejar que llorara, lo que quizá la hiciera sentir un poco mejor. Probablemente eso significaba más que cualquier palabra que pudiera haber dicho.
Al cabo de un rato, los sollozos de Stella se fueron calmando poco a poco. Levantó la vista hacia Sharon, con la voz aún temblorosa. «Sharon, gracias por venir, pero él sigue en la sala. No puedo estar lejos de él demasiado tiempo. Debería volver dentro ahora».
La verdad era que Stella sabía que William había estado pensando en quitarse la vida. Había encontrado un cuchillo afilado para fruta escondido en el cajón junto a su cama. Se entendían demasiado bien. Así que, en cuanto vio el cuchillo, supo exactamente para qué estaba allí.
Pero no había dicho nada. Simplemente le quitó el cuchillo. Aun así, temía que pudiera encontrar otra forma de hacerlo. Por eso no podía dejarlo solo durante mucho tiempo. Solo había salido un momento para recuperar el aliento.
Cuando Stella volvió a la sala, William seguía allí tumbado, dormido, aunque no por descanso, sino por agotamiento y enfermedad.
Stella se sentó junto a la cama, con la mirada fija en William. No podía soportar la idea de perderlo. Sus ojos estaban cargados de vacilación y dolor. «William, por poco tiempo que nos quede, no me rendiré. Tienes que seguir luchando hasta que el antídoto esté listo».
𝘊𝘰𝘮𝘱𝘢𝘳𝘵𝘦 𝘵𝘶𝘴 𝘧𝘢𝘷𝘰𝘳𝘪𝘵𝘢𝘴 𝘥𝘦𝘴𝘥𝘦 𝘯𝘰𝘷𝘦𝘭𝘢𝘴4𝘧𝘢𝘯.𝘤𝘰𝘮
Al día siguiente, la conciencia de William se fue desvaneciendo aún más. Los momentos en los que podía reconocer algo se hacían más breves y esporádicos. Al tercer día, su respiración se volvió dificultosa, lo que obligó a los médicos a conectarlo a un respirador. Al sexto día, le entregaron a Stella un aviso de estado crítico. Para entonces, William ya había caído en un coma profundo.
Stella se negó a alejarse de su lado. Permaneció despierta durante dos días y dos noches sin descansar. Sus ojos permanecían fijos en los números parpadeantes del monitor, y rezaba en silencio por un milagro con cada segundo que pasaba.
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