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Capítulo 79:
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La mano de Isolde se detuvo sobre el plano. El Instituto. Aquello era terreno sagrado. Allí era donde reinaba la profesora Nelson.
Una lenta sonrisa se dibujó en su rostro.
«Déjala ir», dijo Isolde. «Deja que él le compre un puesto en la mesa».
«¿Por qué?», preguntó Arland. «Arruinará la reputación del lugar».
«Porque», dijo Isolde, levantando la vista con ojos que brillaban como estrellas frías, «el profesor Nelson se come a los farsantes para desayunar. Si ella va allí, no solo fracasará. La diseccionarán».
Isolde volvió a su trabajo.
El aire acondicionado de la suite de Aka Wall Street exhalaba una ráfaga de aire estéril y refrigerado —un marcado contraste con la húmeda tarde neoyorquina del exterior—. Isolde estaba sentada en el borde del sofá beige, con un botiquín abierto sobre la mesita. Le estaba cambiando con cuidado el vendaje del brazo izquierdo a Effie.
Effie estaba sentada con la postura rígida de una niña que había aprendido que el mundo estaba lleno de bordes afilados y líquidos hirviendo. Se aferraba al dobladillo de la chaqueta de Isolde con su mano buena, con los nudillos blancos.
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—¿Te duele? —preguntó Isolde en voz baja.
—Solo un poco —susurró Effie, mirando sus zapatos. Se le cortó la respiración: un pequeño y involuntario jadeo cuando la toallita antiséptica rozó el borde de la quemadura. —Como una quemadura de sol.
Era mentira. Isolde conocía el escozor de una quemadura de segundo grado. Palpitaba. Latía con cada latido del corazón. Pero Effie había aprendido a interiorizar su dolor, entrenada por un hogar donde su malestar se consideraba una molestia para los demás. Había aprendido a ocultarlo porque, en aquella casa, el dolor no pertenecía a nadie más que a ella misma.
Isolde terminó de fijar la nueva gasa con esparadrapo, con movimientos pausados y suaves. Ayudó a Effie a recostarse contra los cojines y encendió la televisión, encontrando unos dibujos animados sobre una esponja que vivía en una piña. El ruido sin sentido era un bálsamo.
El teléfono de Isolde vibró sobre la mesita de café.
Echó un vistazo a la pantalla. FaceTime: Kaiden.
El nombre ya no le evocaba amor, sino el sonido de cristales rompiéndose y risas crueles. Dudó, con el pulgar suspendido sobre el botón rojo. Pero los viejos hábitos eran difíciles de erradicar. Cinco años de condicionamiento. Cinco años siendo la única figura materna que aquel chico había conocido de verdad.
Pulsó el botón verde.
La pantalla se llenó con el caótico interior del salón del ático. Caros sets de Lego, un dron con una hélice rota y envoltorios tirados por el suelo. Kaiden estaba sentado en el sofá de cuero blanco, con la cara enrojecida, sosteniendo un iPad demasiado cerca de la nariz.
«¡Isolde!», gritó. Sin saludo. Sin preguntar por su hermana.
Isolde mantuvo el rostro impasible. «Hola, Kaiden».
«Tengo hambre», se quejó, con un sonido chirriante como de metal contra metal. «El chef ha hecho lubina. Huele a pies. Quiero tus macarrones con queso. Los que llevan pan rallado».
Isolde miró a Effie. Effie tenía la vista fija en la televisión, pero había encogido los hombros. Estaba escuchando. Se estaba encogiendo.
«Kaiden», dijo Isolde, manteniendo la voz firme. «No estoy ahí. Y Effie está herida. Necesitamos descansar».
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