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Capítulo 850:
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«Me lo he tragado», dijo, despreocupado.
La mente de Alicia dio vueltas, el recuerdo del momento la dejó sin aliento. Su desvergüenza era abrumadora, la desarmaba de un modo que le parecía casi injusto. Agotada por su inútil resistencia, se sumió en el silencio.
Sintiendo su rendición, Caden finalmente pareció reconocer su estado. Se limpió los dedos con deliberado cuidado antes de soltarle las manos. Alicia permaneció tensa, con sus instintos en alerta máxima, preparada para huir a la primera oportunidad.
Caden, tan perspicaz como siempre, se anticipó a sus pensamientos.
«Si intentas huir, no seré amable -le advirtió, con un tono tranquilo pero cargado de una promesa tácita.
Furiosa, Alicia estalló, su voz aguda con desafío.
«Caden, te despreciaré de por vida».
Su sonrisa se ensanchó, su diversión inconfundible.
«Eres aún más seductora cuando te enfadas», replicó él, con voz suave, impregnada de una tranquila confianza que no dejaba lugar a dudas.
«¿Recuerdas cómo solías llamarme Sr. Ward? Sonaba tan poco sincero que apenas podía soportarlo».
«¿Y tú eres mejor? ¿Criticando a los demás por ser insinceros?»
«Tienes razón», admitió, aceptando su reprimenda sin oponer resistencia. Se quitó la chaqueta y se tumbó en la cama junto a ella. Afortunadamente, la cama era lo suficientemente grande como para que cupieran los dos, aunque el espacio entre ellos era mínimo.
Alicia se encontró envuelta en su abrazo, sus cuerpos estrechamente apretados. Quería huir pero no se atrevía, su ira latente hacía que cada segundo se le hiciera insoportablemente largo. Caden le acarició suavemente los dedos, su tacto lento y repetitivo, como si pudiera hacerlo sin cesar sin cansarse. Alicia permaneció inmóvil, sin querer responder ni reaccionar.
Su voz llegó como un suave susurro junto a su oído.
«Lucky, no has cambiado nada».
Alicia se abstuvo de responder, sabiendo que hablar sólo alimentaría su diversión y satisfaría su deseo de provocarla. Se concentró en su lugar en reprimir su ira, que amenazaba con desbordarse en cualquier momento.
Caden le dio un beso en el cuello y murmuró: -Yo tampoco he cambiado, y menos esta boca. Puedo prometer cualquier cosa, pero que cumpla mis promesas depende totalmente de mi estado de ánimo».
La columna vertebral de Alicia se puso rígida. Cuando notó el peso de sus palabras, ya era demasiado tarde. La boca de Caden era tan engañosa como siempre, sus movimientos imposibles de predecir.
No pudo precisar cuándo empezaron a flaquearle las fuerzas, sólo que el agotamiento la fue venciendo poco a poco. Una profunda somnolencia se apoderó de ella y, aunque sus ojos se llenaron de lágrimas, éstas se negaron a caer. Su último pensamiento consciente fue la abrumadora fatiga que se apoderó de ella antes de que la oscuridad la envolviera por completo.
Por fin, Caden podía descansar en paz. No estaba enfermo, sólo abrumado por su anhelo por ella. El calor de ella bastó para calmar su inquietud, sumiéndolo en un sueño sereno e imperturbable.
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