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Capítulo 2:
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La burla de Jerred atravesó la habitación como una navaja. «Te inventarías cualquier excusa con tal de evitar donarle médula ósea a Jaylynn». El silencio se prolongó un instante antes de que él añadiera con una mueca burlona: «Llevamos todo un año usando protección. Es imposible que estés embarazada».
El rostro de Thea se quedó paralizado. Luego, su expresión se transformó en una sonrisa forzada y amarga.
Su mente se remontó dos meses atrás, al día en que su asistente la había sacado a la fuerza para la supuesta revisión médica. Aquella noche, Jerred la había sorprendido esperándola en casa con un extravagante ramo de rosas escarlatas.
Había bebido mucho y su momento de intimidad había sido salvaje.
Ella le había recordado que usaran protección, pero Jerred, apestando a alcohol y con una sonrisa maliciosa, se había inclinado hacia su oído y le había susurrado: «Esta noche, quiero estar más cerca de ti».
Arrastrada por esa neblina engañosa, Thea había creído que cada uno de sus gestos —las flores, la repentina ternura, incluso la intimidad temeraria— significaba que por fin se estaba ablandando con ella.
Solo ahora la verdad la golpeó como un cubo de agua helada. Todo aquello —la extraña revisión médica, las rosas, la intensa pasión— no había sido para ella en absoluto. Era porque Jaylynn había regresado.
Solo Jaylynn era capaz de desarmar a Jerred, aquel hombre que solía mostrarse tan sereno y reservado, llevándole a actuar de forma impulsiva. Al día siguiente lo había olvidado todo porque había estado demasiado borracho.
El silencio de Thea no hizo más que alimentar la convicción de Jerred de que su embarazo no era más que una excusa para eludir la donación de médula ósea.
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«Thea», la llamó, frunciendo el ceño mientras su voz se endurecía. «Sé que nunca has sentido ningún vínculo real con Jaylynn, aunque sea tu prima».
Mientras hablaba, dejó sobre la mesa una elegante tarjeta negra, en la que la «J» en relieve dorado brillaba bajo la luz. «Hay diez millones en esta tarjeta. Considéralo una compensación».
Los ojos de Thea se detuvieron en la tarjeta reluciente, y una sonrisa autoirónica se dibujó en su rostro.
En su año de matrimonio, todas las asignaciones, todos los supuestos regalos que Jerred le había ofrecido, apenas habían sumado un solo millón.
Sin embargo, por la mujer a la que realmente apreciaba, era capaz de deshacerse de diez millones como si no significaran nada.
«Si prefieres otra cosa en su lugar —añadió con tono neutro—, solo tienes que decirme cuáles son tus condiciones».
Jerred insistió cuando Thea permaneció en silencio. «Si aceptas hacer la donación, me aseguraré de que recibas una compensación en todo lo que pueda».
Al levantar la mirada, Thea observó a Jerred como si fuera un desconocido. Su tono distante y profesional reducía el momento a nada más que una fría negociación.
El año que habían compartido —la fugaz ternura, la frágil calidez— de repente le pareció una historia que se había inventado para sí misma.
Sin embargo, la verdad innegable era que llevaba a su hijo en el vientre.
La amargura le brotó en el pecho al pensarlo. Bajó las pestañas y cerró los ojos por un momento.
Cuando los volvió a abrir, la determinación afianzó su expresión. Su voz sonó firme al decir: «No me importa lo que pienses de mí por esto. No voy a donar mi médula ósea».
Jerred frunció el ceño, pero la mirada de Thea solo se agudizó con una resolución feroz. «Si crees que soy insensible o egoísta, podemos poner fin a este matrimonio».
El título de esposa de Jerred nunca le había pertenecido de verdad, y tampoco su amor.
Lo único que podía reclamar sin lugar a dudas era la frágil vida que crecía en su interior.
Nunca pondría en peligro la seguridad de su hijo por Jaylynn, una mujer que no significaba nada para ella.
El ambiente en el comedor se volvió opresivo; el silencio pesaba como una tormenta a punto de desatarse.
Una sensación de inquietud se agitó en el pecho de Jerred; tenía el persistente temor de que algo precioso se le estuviera escapando.
Durante un año, Thea había interpretado el papel de esposa obediente: de voz suave, complaciente, sonriendo mientras aceptaba cada petición que él le lanzaba.
Esta noche, sin embargo, se había transformado en alguien feroz, erizada de rebeldía, desafiándolo a cada paso e incluso atreviéndose a restregarle el divorcio por la cara.
Justo en ese momento, el silencio asfixiante se vio roto por el repentino timbre del teléfono de Jerred.
«Jaylynn». Contestó rápidamente la llamada, y su voz cambió de inmediato: más suave, casi tierna. «¿Qué pasa?».
La casa estaba tan silenciosa que Thea, sentada rígida a la mesa, podía oír la voz frágil y temblorosa al otro lado de la línea.
«Jerred, me duele muchísimo… » —sollozó Jaylynn, con la voz quebrada—. «Cuando intenté levantarme, me golpeé la mano contra el marco metálico de la cama. Se me ha soltado la vía y la sangre se está derramando por todas partes. ¿No voy a pasar de esta noche?»
«Voy para allá ahora mismo». La respuesta de Jerred fue urgente.
Se levantó bruscamente, la silla rozó el suelo y, mientras murmuraba palabras de consuelo por teléfono, se dirigió a zancadas hacia la puerta.
Al llegar al umbral, se detuvo y se volvió para mirar a Thea, que seguía paralizada en el sitio.
Su voz se mantuvo tranquila, pero sus palabras tenían un tono de acero. «El matrimonio no es un juguete con el que se juega cuando estás enfadada. Haré como si no hubiera oído eso del divorcio. En cuanto a la donación de médula ósea, espero que te lo pienses seriamente. No volveré hasta más tarde. No me esperes despierta. Descansa un poco por tu cuenta».
Dicho esto, salió a zancadas y la pesada puerta se cerró de un portazo tras él.
El estruendo de la madera al chocar contra el marco le partió el pecho a Thea, como si el propio sonido le hubiera roto el corazón.
Cerró los ojos y su mano temblorosa se posó protectora sobre su vientre.
«Bebé», susurró suavemente, con la voz temblorosa pero llena de frágil fuerza. «No tengas miedo. Mamá te protegerá».
Dado que Jerred había elegido a Jaylynn en lugar de a ella, decidió en ese momento que nunca volvería a elegirlo.
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