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Capítulo 995:
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Como si sintiera su presencia, Kaelyn giró repentinamente la cabeza. En ese instante, sus miradas se cruzaron y la sonrisa de su rostro se congeló.
La chaqueta militar de Rodger brillaba con el rocío de la mañana, una señal silenciosa de que había permanecido de pie durante horas en el frío aire nocturno. Su paciencia era firme, como la primera luz del amanecer, esperándola sin una palabra de queja.
Kaelyn abrió los labios para hablar, pero se le atragantó la voz. Se dio cuenta de algo terrible: no solo había roto su promesa a Rodger, sino que se había olvidado de enviarle ni un solo mensaje. El arrepentimiento se apoderó de su pecho, agudo y punzante.
Sus compañeros de trabajo en el instituto de investigación intercambiaron miradas inquietas, con los ojos parpadeando como luciérnagas antes de alejarse. Un alma valiente se detuvo para susurrar: «Kaelyn, ¿no le prometiste al comisario Barnett que estarías en casa a las seis?». Las palabras resonaron, suaves pero directas.
En cuestión de segundos, el pasillo quedó en silencio, como si las propias paredes contuvieran la respiración.
Kaelyn retrocedió un paso, y sus hombros rozaron el frío metal del armario. Su frialdad la tranquilizó, pero su corazón latía con fuerza.
Rodger se acercó, con sus pesadas botas golpeando las baldosas con determinación. Cada golpe resonaba como un latido que ella podía sentir en lo más profundo de su pecho.
«Rodger, lo siento», admitió Kaelyn, con la voz temblorosa mientras se agarraba la bata de laboratorio. «Los datos eran perfectos, un salto cuántico hacia adelante.
No podía alejarme, era como perseguir una estrella».
Antes de que pudiera decir nada más, Rodger la atrajo hacia sus brazos. Su calor la envolvió y él apoyó la barbilla en su cabeza, respirando profundamente. «Lo entiendo», murmuró, con una voz firme como un ancla. Kaelyn se quedó paralizada, envuelta por su aroma familiar, cálido, como el cedro y la tierra. Eso calmó sus pensamientos turbulentos.
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Su mirada se desvió hacia la mesa de café de la sala de espera. Un termo de café desprendía un ligero vapor y, junto a él, había un plato con sus galletas favoritas, intactas. Ese pequeño gesto le calentó el corazón como una promesa silenciosa.
«Lo siento, de verdad», susurró, con la voz amortiguada contra su pecho. Esa disculpa llevaba todo el peso de su corazón.
«La próxima vez volveré a casa antes, lo prometo».
«No habrá próxima vez», dijo Rodger en voz baja, interrumpiéndola. Se agachó para recoger el cuaderno que se le había caído y lo sostuvo como si fuera una reliquia preciosa. «Vamos a casa. Tengo sopa esperándonos».
Una brisa nocturna barrió el pasillo, llevándose consigo el olor acre y estéril del laboratorio. Parecía un nuevo comienzo.
Kaelyn observó los anchos hombros de Rodger mientras él caminaba delante. Impulsivamente, corrió para alcanzarlo y deslizó sus fríos dedos en su cálida mano. Su agarre era firme, como un voto.
—Rodger —dijo ella, con voz alegre y emocionada.
—¿Sí? —respondió él, mirando hacia atrás.
—El experimento superó nuestras expectativas en un 37 % —compartió ella, con orgullo en su tono de voz.
Rodger se detuvo y se volvió hacia ella bajo la luz plateada de la luna. Sus ojos se suavizaron al mirarla.
Kaelyn levantó la cara, con una mirada tan radiante como las estrellas del cielo. «Si este medicamento funciona, podría salvar innumerables vidas».
Él se inclinó y le dio un tierno beso en los dedos, aún ligeramente manchados con productos químicos del laboratorio. «Eres la persona más extraordinaria que conozco», dijo, con voz llena de tranquila admiración.
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