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Capítulo 897:
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Rupert ajustó el rumbo una vez más. Navegaron hacia adelante, sin querer dejar escapar la esperanza.
En una isla remota, Kaelyn se aferraba a la vida con las pocas fuerzas que le quedaban.
Durante dos largos días, había ardido en fiebre, demasiado débil incluso para mover un dedo. Sus pensamientos iban y venían, entremezclados con imágenes de Rodger.
«Rodger… ¿Dónde estás? Por favor… Encuéntrame…», susurró aturdida, con la ropa empapada pegada a su cuerpo tembloroso.
Por suerte, o tal vez por pura voluntad, Kaelyn salió adelante.
La fiebre bajó y la niebla en su mente comenzó a disiparse.
Parpadeando ante la luz, abrió los ojos al cielo, claro y azul como siempre. La gratitud brotó en su pecho: lo había logrado.
Como si los cielos respondieran a su despertar, comenzaron a caer gotas de lluvia, pesadas y cálidas, como pequeñas bendiciones de las nubes. En lugar de incomodidad, Kaelyn sintió un destello de energía, algo que no había sentido en días.
Con esfuerzo, se incorporó y vio una cáscara de coco agrietada, claramente dejada allí por otra persona. La agarró y la sostuvo, recogiendo el agua que caía como si fuera un tesoro.
«¡Por fin! Algo para beber», murmuró Kaelyn, viendo cómo se llenaba lentamente la cáscara, con una leve y cansada sonrisa en los labios.
Una vez que pasó la lluvia, se topó con unos cuantos huevos de tortuga marina, apenas suficientes, pero lo justo para sobrevivir un día más.
Sentada en la orilla, mordisqueando los huevos, contempló el tranquilo océano. Nada más que azul extendiéndose infinitamente en todas direcciones. En todos esos días, no había pasado ni un solo barco. Por lo tanto, se dio cuenta de que esa isla no estaba en ninguna ruta marítima.
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«¿Voy a morir aquí?». El pensamiento la oprimía como un peso. Pero Kaelyn lo sacudió rápidamente. «No. Rodger vendrá. No se rendirá». Impulsada por el pensamiento de él, se levantó de nuevo, y la determinación sustituyó a la desesperación.
Arrastrándose por la arena, recogió ramas y comenzó a formar una enorme señal de SOS. Cada pieza que colocaba estaba llena de una esperanza desesperada.
«Estoy tan cansada…», suspiró Kaelyn, secándose el sudor de la frente mientras observaba su trabajo. Entonces, juntó las manos en señal de oración. «Rodger… por favor, ve esto. Por favor, escúchame. Sé el milagro que necesito».
Lejos, en el mar, un barco solitario navegaba entre las olas. Rodger estaba de pie en la cubierta, escudriñando el horizonte, con los ojos pesados por el cansancio.
Ya habían buscado en innumerables islas. Aún así, nada. Cada pista falsa minaba el ánimo de Rodger, pero ni siquiera se le pasó por la cabeza la idea de abandonar.
El viento aullaba a su alrededor, tirando de su ropa y agitando su cabello en todas direcciones. Rodger se aferró a la barandilla, con las manos apretadas y los nudillos pálidos.
Cerca de él, su tripulación hablaba en voz baja, pero Rodger captaba cada palabra.
«Llevamos días con esto. Quizás solo lo hacemos para evitar que el comisario se derrumbe».
«Sí, se ha ablandado por esta chica. Quién sabe si sigue viva».
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