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Capítulo 1096:
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Al otro lado de la ciudad, Angelica se apoyó en el hombro de Landen, sintiendo un repentino escalofrío.
«¿No tienes frío?», preguntó Landen, acercándola más a él.
Angelica negó con la cabeza, mirando fijamente a la noche. «No sé por qué, pero algo me parece raro».
La luz del sol se colaba por las amplias ventanas del laboratorio, pintando la limpia mesa de trabajo con un mosaico de luces y sombras. El cálido resplandor bailaba por la habitación, iluminando el espacio con una energía tranquila y acogedora.
Kaelyn estaba de pie junto a la mesa del laboratorio, acariciando ligeramente con los dedos las lisas herramientas metálicas. Cada una le resultaba extrañamente familiar, como una vieja amiga a la que no había visto en años. Su tacto frío le provocó una profunda sensación de confort.
«Aquí tiene todos los datos del proyecto, Dra. Nelson», dijo Charlee con una cálida sonrisa, entregándole una gruesa pila de papeles. «Tómese su tiempo para revisarlos. Si tiene alguna pregunta, aquí me tengo». Su voz era amable, invitando a Kaelyn a sumergirse en ellos.
Kaelyn aceptó los papeles y, al rozar las páginas con los dedos, una extraña sensación la recorrió. Abrió la primera página y sus ojos recorrieron las detalladas fórmulas moleculares y los resultados de las pruebas. Las ideas para mejorar surgieron en su mente casi al instante, claras como el agua.
«Esta proporción…», murmuró para sí misma, dibujando inconscientemente un círculo alrededor de un dato concreto. «Si se ajusta ligeramente…». Se detuvo de repente, de pronto alerta.
Los ojos de Charlee se iluminaron con una chispa de emoción. «¿Tiene alguna idea, Dra. Nelson?», preguntó, inclinándose ligeramente hacia ella, con tono ansioso.
Kaelyn cerró la carpeta con delicadeza y esbozó una suave sonrisa. «Solo algunas ideas preliminares. Primero tendría que contrastarlas con los datos y los experimentos». Su voz se mantuvo tranquila, pero su mente iba a toda velocidad.
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En la reunión, la larga mesa estaba llena de los investigadores clave del instituto. Los gráficos y las tablas parpadeaban en el proyector, iluminando la sala. El aire vibraba con concentración y expectación.
Claud se ajustó las gafas y tomó la palabra. «Hemos llegado a un punto muerto con la regeneración de las sinapsis neuronales. La barrera hematoencefálica sigue bloqueando nuestro progreso». Su tono era grave, en busca de respuestas.
Todas las miradas de la sala se volvieron hacia Kaelyn, llenas de esperanza.
Ella sintió un escalofrío, como si el peso de sus expectativas la oprimiera, instándola a hablar.
«Es un problema difícil», dijo con cautela, manteniendo sus palabras vagas para evitar comprometerse con una respuesta que no estaba preparada para dar. Su corazón se aceleró, pero mantuvo la compostura.
La sala se quedó en silencio durante un momento, un silencio denso. La sonrisa de Charlee se tensó un poco. «Dra. Nelson, si tiene alguna idea, nos encantaría escucharla. Pensemos juntos». Su voz era alentadora, pero tenía un tono de insistencia.
«Lo pensaré detenidamente», respondió Kaelyn con una sonrisa cortés. Bajo la mesa, sus dedos apretaron un poco más el bolígrafo, delatando la calma que mostraba.
Esa noche, Kaelyn paseaba sola por el sendero del jardín del instituto, con sus pensamientos flotando como la suave brisa. La luz del atardecer pintaba el cielo de tonos cálidos, pero su mente estaba en otra parte.
«¿Perdida en tus pensamientos, Arielle?». La familiar voz de Javier rompió el silencio, con sus pasos crujiendo ligeramente detrás de ella.
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