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Capítulo 1097:
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Kaelyn se detuvo, sin volverse hacia él. «Javier, ¿he trabajado antes en proyectos como estos?». Su voz era suave, buscando respuestas que parecían estar fuera de su alcance.
Javier dudó y luego deslizó un brazo alrededor de sus hombros con naturalidad. «¿Por qué esa pregunta tan repentina?», preguntó, con tono ligero pero curioso.
«Es solo que…». Levantó la vista hacia la brillante puesta de sol. «Estos temas parecen formar parte de mí, como si los conociera desde siempre». Sus palabras quedaron suspendidas en el aire, cargadas de asombro.
Javier le quitó un pétalo suelto del pelo con un gesto suave. «Es solo tu talento brillando. Tienes un don para este trabajo, un talento natural». Su voz era cálida, pero había algo en ella que la hacía parecer distante. El calor de su brazo se filtraba a través de su chaqueta, pero Kaelyn sentía una delgada pared entre ellos, como una sombra que no podía ver del todo. Su corazón se agitaba con preguntas que no podía expresar con palabras.
Al caer la noche, Kaelyn contempló las estrellas que titilaban en el horizonte. El enigma en su mente se hizo más nítido. ¿Por qué todo el mundo parecía esperar tanto de ella? ¿Por qué esos planes de investigación le parecían tan claros, como recuerdos a la espera de salir a la superficie? Algo no cuadraba.
«Vamos a casa», dijo Javier, tomándola de la mano con un suave tirón. «Esta noche he preparado tu cena favorita».
Kaelyn asintió y dejó que él la guiara. Pero al girarse, su mirada se posó inadvertidamente en una ventana de la última planta del instituto, donde una figura parecía observar todo en silencio.
De vuelta en el apartamento, Kaelyn se hundió en un cómodo sillón y se frotó las sienes con los dedos. Un ligero cansancio le arrugó el ceño, con la mente aún dando vueltas por todo lo sucedido ese día.
—¿Un día duro, Arielle? —La voz de Javier era tan cálida como siempre, flotando detrás de ella. Se acercó, le puso las manos sobre los hombros y le dio un suave masaje con la presión justa.
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Kaelyn cerró los ojos, dejando que el calor de su tacto y el leve aroma de su colonia la envolvieran. Frunció ligeramente el ceño; por más veces que lo oliera, nunca se acostumbraba a esa fragancia.
«Mmm», murmuró con voz suave y distante. «En la reunión, esos gráficos y datos… me parecieron algo que había visto antes, pero no del todo».
Una extraña inquietud la invadió.
Las fórmulas y los datos habían bailado en su mente, vívidos y nítidos, como si estuvieran grabados en su memoria. Pero cuando intentó rastrear su origen, fue como adentrarse en una niebla: nada estaba claro.
Las manos de Javier se detuvieron por una fracción de segundo antes de continuar con su suave ritmo. «No hay prisa, solo estás volviendo a coger el ritmo. Dale tiempo». Sus palabras eran amables, pero Kaelyn percibió un fugaz tono de impaciencia, como una onda que rompe la superficie de un agua tranquila.
Abrió los ojos y vio el reflejo de Javier en la ventana. Su mirada titubeó, ocultando algo bajo su aparente calma.
«¿He… olvidado muchas cosas?», preguntó de repente.
Por un instante, el tiempo pareció detenerse a su alrededor.
Javier se arrodilló frente a Kaelyn y le tomó las manos temblorosas entre las suyas. Su tacto irradiaba una calidez constante, y sus pulgares trazaban círculos ligeros y tranquilizadores sobre los nudillos de ella. «El médico explicó que esta reacción es totalmente normal, teniendo en cuenta todo lo que has pasado».
Levantó la cabeza, con la mirada firme y amable. «Lo único que importa es que ahora estás a salvo. Ya resolveremos todo lo demás, poco a poco. No hay prisa». Una leve sonrisa se dibujó en sus labios. «¿Tienes hambre? Te he preparado tu plato favorito: sopa cremosa de champiñones».
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