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Capítulo 73:
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Sadie solo respondió apartando la mano y girando la cabeza, con los hombros ligeramente temblorosos.
«Descansa». Tras una última mirada a la lamentable figura en la cama, Kyla se dio la vuelta y salió de la habitación.
Sus pasos eran rápidos y decididos mientras se acercaba a la sala de enfermeras, agarrando el brazo de una joven enfermera con una urgencia que rayaba en la desesperación. «Hola, soy amiga de Sadie. ¿Podría decirme cómo está su bebé?».
La enfermera, tras echar un vistazo a los registros médicos, confirmó la trágica noticia. «La paciente ha sufrido un aborto espontáneo. El niño ha fallecido».
Al oír esas palabras, Kyla sintió que la última pizca de preocupación se desvanecía, dejándola completamente tranquila.
Noah entró en su oficina.
Afuera, más allá de los amplios ventanales que iban del suelo al techo, la ciudad latía con vida, y el tráfico fluía como un cuadro vibrante en constante movimiento.
Sin embargo, no prestó atención a la vista. Tenía el ceño fruncido por la concentración y los dedos tamborileaban con un ritmo inquieto sobre la superficie lisa del escritorio.
Su corazón latía con una sensación de temor premonitorio, una alarma silenciosa que le indicaba que algo terrible se avecinaba en el horizonte.
—Maldita sea —murmuró, tirando de la corbata con una mezcla de irritación e inquietud.
Durante toda la reunión anterior, su mente había estado en otra parte. El recuerdo de la llamada telefónica de Sadie lo perseguía: su voz frágil y llena de desesperación, sus palabras una enredada súplica de ayuda.
«Noah… ayúdame…».
En ese momento, la había despedido con un seco «colgar», molesto. Ahora, el eco de su miedo lo carcomía, un recordatorio implacable de que podría haber pasado por alto algo crucial.
—¡Samuel! —ladró por el teléfono interno, con voz urgente.
—¿Sí, señor Wall? —respondió Samuel rápidamente.
—Comprueba cómo está Sadie. Averigua qué le pasa —ordenó Noah, con tono seco y decidido.
—Quizá sería mejor que la llamara usted mismo, señor —aconsejó Samuel, con tono confuso.
Noah apretó los puños con fuerza, hasta que se le pusieron blancos los nudillos. Se los llevó a los labios y tosió discretamente, en un débil intento por ocultar su creciente ansiedad. Su voz, aguda y seca, rompió el tenso silencio. —¡Ve a ver qué pasa!
Colgó el teléfono de un golpe y empezó a dar vueltas por la oficina, con cada paso reflejando su inquietud.
¿Llamar a Sadie ahora para demostrarle que se preocupaba? ¡Ni hablar! Había sido desdeñoso, casi duro, cuando le colgó. Llamarla ahora solo heriría su orgullo.
En el fondo, Noah comenzó a racionalizar su vacilación.
Sin darse cuenta, sus defensas se estaban derrumbando poco a poco; sin saberlo, había empezado a sentir una preocupación genuina por la mujer a la que había rechazado con tanta indiferencia antes.
Un suave y vacilante golpe en la puerta lo sacó de su ensimismamiento.
—Adelante —dijo, con un tono más moderado que antes.
Samuel entró, con una postura rígida y formal, y se detuvo ante el escritorio. —Señor Wall, la señora Wall ha tenido un accidente de coche. Ahora mismo está en el hospital municipal.
—¿Qué? —exclamó Noah, palideciendo y poniéndose en pie de un salto.
La noticia le golpeó como un puñetazo.
La llamada desesperada de Sadie en busca de ayuda se repitió como un fantasma en su mente, sumiéndolo en un pánico renovado.
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