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Capítulo 223:
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Las cortinas bien cerradas lo decían todo: ella no quería que él se acercara. Y ahí estaba él, con un bote de pomada para la congelación que valía una pequeña fortuna, pareciendo absurdamente fuera de lugar, como un hombre que no sabía qué hacer con su propia culpa.
Julian odiaba el hecho de haberse dejado llevar hasta ese punto, pero no dijo nada en respuesta a la oferta de Cayson. Solo cuando el cigarrillo se había consumido hasta la mitad, murmuró: «Pásame la pomada».
Cayson le pasó la bolsa tras un momento de vacilación, estudiando la tormenta que se escondía tras los ojos de Julian. Incapaz de morderse la lengua, dijo en voz baja: «Señor, me he dado cuenta de que últimamente ha estado más… pendiente de ella. Pero al mismo tiempo, se enfada con facilidad. La verdad es que no lo entiendo».
Si a Julian realmente le importaba, ¿por qué le resultaba tan fácil ser cruel? ¿Por qué su ira estallaba más rápido que su afecto?
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Sin decir palabra, Julian apagó el cigarrillo y salió del vehículo.
Sabía dónde se había trazado la línea. No a través de una discusión, sino de algo más profundo. La mirada que Katherine le había lanzado mientras yacía en esa cama de hospital lo decía todo. No era dolor ni tristeza, era un completo distanciamiento. Como si cada pizca de amor que ella había sentido alguna vez por él hubiera desaparecido en silencio.
Al llegar a la puerta de la habitación de Austin en el hospital, Julian se fijó de inmediato en Ivy, que estaba arrodillada con rigidez junto a la entrada. Una enfermera que pasaba por allí la reconoció y se detuvo, intentando ayudarla a levantarse. Con el rostro bañado en lágrimas y sin ceder, Ivy se negó a moverse; su orgullo la mantenía anclada al frío suelo.
En el instante en que vio a Julian, una oleada de esperanza desesperada se dibujó en su rostro, tan intensa que casi la desequilibró. Él solo le dedicó una mirada fugaz antes de desviar la atención hacia otro lado. «¿Cuál es la situación?», preguntó, dirigiendo la pregunta a la enfermera.
Con voz mesurada, la enfermera dio una explicación sencilla: una acalorada discusión entre madre e hija, en la que Ivy había recurrido a esta dramática demostración para dejar claro su punto de vista.
Con tono desdeñoso, Julian no hizo más que asentir con la cabeza y siguió su camino sin detenerse ante Ivy. La oscuridad se apoderó de la expresión de Ivy. La rabia se encendió y no pudo evitar soltar: «¡Julian!».
Él no se inmutó. Ni siquiera volvió la cabeza. Entró directamente en la habitación como si ella no existiera.
Con cada segundo que pasaba, el dolor en sus rodillas se intensificaba, al igual que la humillación. Su plan había fracasado estrepitosamente. Abatida y amargada, comenzó a murmurar maldiciones entre dientes, dirigidas a Katherine y a su supuesta frialdad. Era obvio que Julian le había enseñado ese desafío.
Sin dinero, sin ventajas… solo problemas que había aprendido a adquirir con demasiada rapidez. Cambiando de estrategia, Ivy sacó rápidamente su teléfono y llamó a la policía. Para ella, la falta de preocupación de Katherine por su familia era incomprensible: una traición imperdonable.
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