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Capítulo 834:
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El corazón de Brinley se ablandó bajo el silencioso peso de esa verdad.
Más tarde, dentro de la serena villa junto al mar, después de que el médico de la familia le administrara tratamiento de emergencia, Clarice finalmente se movió, parpadeando mientras recuperaba lentamente la conciencia. Sus heridas eran superficiales, pero el desgaste emocional y el agotamiento absoluto habían llevado su cuerpo al límite. Físicamente, se recuperaría rápidamente.
Félix no se había apartado de su lado ni un solo segundo desde el momento en que le llegó la noticia. Se sentó junto a la cama, mirando fijamente el rostro demasiado pálido de Clarice; aquella visión le provocaba un dolor tan intenso en su interior que le costaba respirar. Se quedó en silencio, simplemente sosteniéndole la mano, con el pulgar trazando repetidamente las marcas rojas e inflamadas que rodeaban su muñeca, como si pudiera borrar las marcas con la sola fuerza de su voluntad.
Clarice abrió los ojos y vio la angustia descarnada en su mirada inyectada en sangre. Su corazón se ablandó al instante.
Ella le apretó la mano a su vez.
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—Estoy bien —susurró, con la voz aún áspera y quebrada, aunque esbozó una pequeña sonrisa burlona.
—Deja de poner cara de que se haya acabado el mundo. No te queda bien.
Los ojos de Félix se llenaron de lágrimas de inmediato, volviéndose aún más rojos. Apoyó la cara en la palma abierta de ella, con la voz ahogada y cargada de emoción.
—Lo siento, Clarice. Fui demasiado débil… demasiado inútil para mantenerte a salvo.
—No digas tonterías, Félix. —Clarice levantó la mano libre y le revolvió suavemente el pelo.
—Nada de esto es culpa tuya.
Mientras tanto, el ambiente en el salón se había vuelto denso de tensión.
Austin ocupaba el centro del sofá, y su presencia irradiaba una hostilidad oscura, casi palpable. Brinley reconoció esa mirada de inmediato: estaba con ganas de matar, y lo decía en serio.
Cruzó la habitación en silencio, se sentó a su lado y deslizó su mano en la de él. Sus dedos estaban helados.
—¿Qué estás planeando? —preguntó ella en voz baja.
—Quiero matarlo —respondió Austin sin un atisbo de vacilación, con los dientes apretados con tanta fuerza que las palabras le salieron entrecortadas.
—No —replicó Brinley con firmeza, negando con la cabeza.
—Las raíces de la familia Quimby están demasiado arraigadas en Osalens. Elbert es su único heredero. Si le quitas la vida ahora, desencadenarás una guerra a gran escala con todo el clan. Nos veríamos envueltos en un derramamiento de sangre sin fin.
—¿Y qué? —Un destello de frío desprecio cruzó los ojos de Austin.
—Nunca he fallado ni una sola vez a la hora de eliminar a alguien que decidí que debía desaparecer.
—Sé perfectamente de lo que eres capaz —dijo Brinley, volviéndose para mirarlo de frente, con la mirada firme y seria.
—Pero me niego a dejar que te pongas en la línea de fuego por nuestro bien. El asesinato es la forma más burda y miope de venganza. No quiero que muera. Quiero que vea —indefenso, impotente— cómo toda la familia Quimby se desmorona bajo el peso de su propia locura imprudente.
Austin le devolvió la mirada, y en ese silencioso intercambio la tormenta de violencia que rugía en su interior pareció calmarse, como si sus palabras por sí solas hubieran apagado las llamas. Cerró los dedos alrededor de los de ella, cálidos y firmes, y murmuró: «De acuerdo. Seguiré tu plan».
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