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Capítulo 786:
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A medida que dejaban atrás el centro de la ciudad, el tráfico se fue diluyendo. Los edificios se espaciaron, las luces se hicieron más escasas y la carretera se abrió ante ellos en largas y limpias líneas de asfalto.
Brinley se recostó y dejó que sus ojos se cerraran, obligando a sus hombros a relajarse. Pero la calma no duró. Lo sintió casi de inmediato: el sutil cambio de presión, el suave pero inconfundible aumento de velocidad.
Abrió los ojos. La expresión de Austin había cambiado. La tranquilidad había desaparecido. Tenía la mandíbula apretada, los dedos aferrados con fuerza al volante y la mirada se desplazaba con precisa agudeza hacia el espejo retrovisor.
—¿Nos están siguiendo? —preguntó Brinley, con una voz notablemente tranquila.
—Sí —respondió Austin, seco y seguro. Nada más. Luego pisó el acelerador con fuerza.
—No te muevas.
El motor rugió y el coche se lanzó hacia delante con repentina violencia.
Allard se agarró instintivamente a la barra del techo, con la respiración entrecortada y acelerada mientras la adrenalina inundaba su sistema. Brinley, por el contrario, permaneció perfectamente inmóvil. En todo caso, sus ojos se iluminaron, con un destello inconfundible. Conocía esa sensación de sobra. Su cadencia. Era la presencia —rara, inconfundible— de alguien que había entrado en modo de combate. El tipo de presencia que solo los pilotos de élite poseían de verdad.
Por el retrovisor, aparecieron dos coches negros, pegados a su cola como bestias cazadoras que por fin habían elegido a su presa. Uno de ellos se lanzó hacia delante, girando bruscamente: una maniobra de adelantamiento de manual.
El tiempo pareció ralentizarse. Justo antes del impacto, Austin giró el volante con una contramaniobra precisa que hizo que el coche rozara el desastre. Centímetros. Apenas unos centímetros. El guardabarros del atacante rozó el aire donde debería haber estado el capó.
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Allard no pudo contenerse: un grito se le escapó y se tapó la boca con la mano, rezando para no romper la concentración de Austin.
La expresión de Austin no vaciló en ningún momento. Tranquilo. Sereno. Inalcanzable.
Brinley observó su perfil, la tranquila concentración grabada en cada rasgo de su rostro. Lentamente, sus labios se curvaron en una leve sonrisa cómplice.
Así que este era Austin. No solo un estratega corporativo. No solo un hombre que daba discursos en salas de juntas. Era una leyenda al volante.
Se giró ligeramente hacia Allard, cuyo rostro se había vuelto casi ceniciento.
«¿No lo has reconocido?», susurró.
«Su forma de conducir. Ese estilo… es Nightblade».
¿Nightblade?
Por una fracción de segundo, Allard olvidó cómo respirar. Sus pupilas se contrajeron, y la conmoción lo atravesó. Llevaba años dirigiendo un club de carreras; vivía y respiraba el circuito clandestino. ¿Cómo era posible que no conociera ese nombre?
Nightblade: una presencia casi mítica en la pista. Un fantasma coronado de victorias, que aparecía y desaparecía sin revelar jamás su verdadero rostro. Su identidad, su pasado —al igual que el de Rosara— se había convertido en uno de los grandes enigmas sin resolver del mundo de las carreras.
¿Y ahora Brinley le estaba diciendo que Austin —el hombre que sujetaba el volante a su lado— era Nightblade?
La idea se negaba a asimilarse. La mente de Allard se vació, como si alguien le hubiera arrancado toda la energía de golpe.
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