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Capítulo 521:
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Brinley se quedó paralizada ante el repentino movimiento de Austin, dividida entre la diversión y la incredulidad. «¿Qué se supone que significa eso? ¿Que no me importas?»
«Si te importara, no dirías cosas así», replicó Austin, inclinándose hacia ella, con un tono teñido de una posesividad irracional. «Si te importara, estarías celoso, montando un escándalo, diciéndome que me mantuviera alejado de cualquier mujer que no fueras tú. Pero mírate, tan tranquilo, ¿eh? ¿Significa eso que ya no te importo? ¿Que no te molestaría si me acercara demasiado a otra persona?»
Brinley se limitó a mirarlo, sin saber qué decir.
Al otro lado de la mesa, a Félix se le cayó la mandíbula al suelo, con la langosta colgando en el aire, completamente olvidada.
¿Era este realmente el despiadado director ejecutivo, el hombre que hacía temblar a juntas directivas enteras?
Porque en ese momento parecía un marido pegajoso suplicando a su mujer que se mostrara celosa. Era puro melodrama romántico sin filtros, y a Félix se lo estaban haciendo tragar a la fuerza segundo a segundo.
—Austin, ¿hablas en serio? —logró decir Brinley al fin, mitad exasperada, mitad divertida, dándole un ligero empujón en el pecho.
Austin no se inmutó. En cambio, le cogió la mano y le dio un mordisquito juguetón, con los ojos brillantes. —Sí, hablo en serio. Solo quiero que te importe.
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Brinley suspiró, y el tono cortante de su voz se suavizó. «Me importa. Me importas más que nadie. ¿Ya estás contenta?»
«Ni de lejos», murmuró Austin, sin soltar su mano. «Las palabras no cuentan. Demuéstramelo».
Ese brillo obstinado en sus ojos la dejó a la vez divertida e indefensa. Quería regañarlo, pero la calidez ya se había colado en su pecho.
Entonces el tono de Austin cambió, y la seriedad se filtró en su voz. «En cuanto termine la inspección y el proyecto esté estabilizado, hablaré yo mismo con Melvin. Recuperaré ese viejo contrato de compromiso. A partir de ahora, los Moore y los Armstrong… solo negocios. Nada más».
No necesitaba declaraciones floridas; la promesa en su voz lo decía todo.
La calidez se extendió por el pecho de Brinley, y se le humedecieron los ojos mientras susurraba: «Trato hecho».
Luego se inclinó y le dio un beso ligero y tranquilizador en los labios.
Cuando se recostó, cogió la cuchara de servir y le llenó el plato de comida con rápido cariño.
«Esto está bueno, come».
«Prueba esto también. Es fácil de digerir».
«Ah, y esto… tu favorito».
Austin observó cómo crecía la montaña de comida frente a él, y su anterior melancolía se disolvió en una sonrisa impotente. No discutió, simplemente se comió todo lo que ella le sirvió.
Mientras tanto, Félix —espectador involuntario de todo ese espectáculo de amor— decidió ahogar su vergüenza ajena en la comida, pinchando su plato con vigor exagerado.
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