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Capítulo 1407:
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Jarrod dio instrucciones al conductor con autoridad: «Conduce».
«Señor Schultz, ¿a dónde?», inquirió el conductor.
Aunque era habitual que los hombres llevaran a las mujeres a los hoteles, Jarrod tenía otro destino en mente.
Mirando a Nicole, que seguía forcejeando, Jarrod se pellizcó el puente de la nariz y ordenó: «A la villa».
Mientras el coche arrancaba, Nicole seguía moviéndose, con la cabeza golpeando contra la ventanilla. Jarrod, cogiéndola por la cara, le advirtió bruscamente: «¿Quieres saltar? Piensa en lo que te haría en la cara».
Al darse cuenta de las implicaciones, Nicole se calmó un poco.
Al ver que se calmaba ligeramente, Jarrod la empujó con desdén hacia la esquina.
La mezcla de sangre, alcohol y vómito que emanaba de Nicole era repulsiva. Jarrod había intervenido sólo por necesidad.
Mientras el coche avanzaba, Nicole murmuró una sola palabra, apenas audible: «Roscoe».
El rostro de Jarrod se convirtió en una máscara de gélida severidad, su expresión se ensombreció al instante. Las venas del dorso de su mano resaltaban, indicando su intenso esfuerzo por mantener el control.
Jarrod se dio media vuelta, decidido a expulsar a Nicole del coche, pero se detuvo al verla acurrucada como un gato angustiado en un rincón, con un comportamiento inusualmente apagado.
Su docilidad era rara de ver, sobre todo porque no estaba del todo consciente. Jarrod comprendió que discutir con alguien en ese estado era inútil.
«¡Maldita sea!» Jarrod murmuró en voz baja, su frustración evidente mientras tiraba de su cuello, accidentalmente haciendo estallar un par de botones.
Su camisa se abrió ligeramente, revelando los contornos cincelados de su pecho, una muestra involuntaria de su atractivo masculino.
Por suerte, el arrebato de Nicole había sido breve. De haber persistido, Jarrod habría estado tentado de sacarla del coche antes de llegar a su destino.
Reflexionando sobre la velada, Jarrod se cuestionó su decisión de llevar a Nicole a casa. Tal vez debería haber mantenido su papel habitual de observador indiferente. Después de todo, ella no le necesitaba. Necesitaba a otra persona…
La propiedad suburbana era una de las muchas que poseía Jarrod, pero ocupaba un lugar especial como retiro personal.
Jarrod valoraba su tranquilidad y la forma en que estaba aislada, cerca del río. Durante las tormentas, se sentaba en la gran terraza, escuchando cómo la lluvia azotaba el río, los sonidos que reflejaban las turbulencias de su pasado.
Aquellos momentos reforzaban su resistencia, testimonio de las adversidades que había superado. No podía volver a ser el pulcro caballero que una vez pretendió ser, si es que alguna vez lo fue de verdad.
Nunca lo fue.
Cuando el coche se acercó a la villa, el personal, ya informado por el conductor, estaba preparado. Tanto el médico como el ama de llaves estaban listos para ayudar.
Cuando el coche se detuvo, se apresuraron a salir al encuentro de Jarrod. Al ver a Jarrod medio arrastrando, medio cargando a Nicole, el ama de llaves se adelantó para ayudar, pero Nicole se resistió, apartándose tanto de Jarrod como de cualquier otra mano que se acercara.
La mente nublada de Nicole la mantenía constantemente alerta ante cualquier persona, un comportamiento arraigado de una vida llena de constantes trastornos. Se resistía a Jarrod, aunque su olor familiar le proporcionaba un mínimo de consuelo en comparación con los extraños que la rodeaban.
Jarrod observó su reticencia a interactuar con el personal y sintió que se le levantaba ligeramente el ánimo. Una leve sonrisa apareció en la comisura de sus labios mientras decía con calma: «No hace falta».
El ama de llaves intuyó que Nicole era especial para Jarrod al notar cómo se aferraba a él, intentando rechazar el contacto de cualquier otra persona.
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