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Capítulo 76:
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En cuanto se subió al coche, Kellan la miró con su habitual expresión distante. Pero su mirada se agudizó de repente y, sin previo aviso, extendió la mano y le sujetó la barbilla entre sus largos dedos, inclinándole el rostro hacia el suyo. «¿Qué te ha pasado en la cara? ¿Quién te ha hecho esto?»
Alina no esperaba una reacción tan intensa, así que respondió con calma: «No es nada».
Los ojos de Kellan se oscurecieron aún más mientras insistía: «¿Quién ha sido?»
Alina lo miró, sorprendida por un instante, antes de decir con tono sereno: «Ya sé cómo voy a manejar esto yo misma. No necesito que te entrometas».
Kellan la observó, con una expresión que se volvía más fría por segundos. ¿Así que eso era todo lo que ella pensaba de él? ¿Que no lo necesitaba?
Una oleada de furia invadió el pecho de Kellan.
Soltó la barbilla de Alina de inmediato, retirando la mano. Su expresión volvió a mostrarse distante. «No malinterpretes esto. No estoy enfadado por ti. Eres mi esposa por contrato, nada más. Cualquiera que te ponga la mano encima me está faltando al respeto».
Solo entonces Alina comprendió el motivo de su reacción. Claro. ¿Por qué no se había dado cuenta antes? Aquel hombre anteponía su orgullo y su autoridad a todo lo demás, así que su enfado no tenía nada que ver con preocuparse por ella: era porque alguien había traspasado un límite que le pertenecía a él.
Tras un breve silencio, ella preguntó: «Entonces, ¿lo que le pasó a Gwenda… también fue obra tuya?».
Kellan asintió levemente. Parecía absorto en su portátil, pero, en realidad, no había apartado la mirada de la reacción de Alina. Esperaba que ella se sintiera conmovida por la revelación.
En cambio, Alina simplemente giró la cabeza hacia la ventana y se quedó observando en silencio el paisaje que se sucedía.
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Pasaron varios minutos. Por fin, Kellan entrecerró ligeramente los ojos y preguntó en voz baja: «¿No tienes nada que decir?».
«¿Qué se supone que debo decir? Oh, ¿esperas que te dé las gracias?». Alina volvió a mirarlo, con un atisbo de confusión en el rostro. Hizo una breve pausa antes de añadir con sinceridad: «Bueno, pues… gracias».
Después de eso, su tono cambió, volviéndose tranquilo y pragmático. «Dicho esto, entiendo que nuestra relación es solo un acuerdo comercial. Si alguna vez necesitas mi colaboración para algo, solo tienes que decírmelo. Haré lo que pueda».
Kellan se quedó en silencio. Así que, en su mente, eso era todo lo que eran: socios unidos por un contrato. En teoría, ella no se equivocaba. Su mirada volvió a posarse en la pantalla del portátil, aunque ya no le prestaba ninguna atención.
Cuando el coche se detuvo frente a la residencia de los Gilbert, Alina se bajó primero. Al darse cuenta de que Kellan seguía sentado dentro, se volvió hacia él y le preguntó: «¿No vas a entrar?».
«Tengo que ocuparme de algo primero», respondió él, impasible.
Alina aceptó la respuesta sin protestar y entró sola en la casa.
Dentro del coche, Kellan observó cómo su silueta se desvanecía en la distancia.
Desde el asiento del conductor, Taylor rompió el silencio con cautela. «Señor Gilbert, ¿tenemos algún otro asunto que tratar esta noche?».
«Últimamente has parecido un poco flojo en tus entrenamientos», dijo Kellan, tranquilo y casi indiferente. «Así que esta noche puedes compensarlo».
La expresión de Taylor estuvo a punto de desmoronarse en ese mismo instante.
Aquella noche, él y los demás guardaespaldas se entrenaron hasta el límite, casi hasta el colapso.
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