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Capítulo 48:
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Mientras hablaba, sacó su móvil y buscó el tema de tendencia para que Alina pudiera verlo por sí misma.
La noticia no se había difundido mucho, ya que el ejecutivo no era especialmente conocido por el público, y solo los entusiastas acérrimos de los cotilleos parecían interesados.
Una maraña de emociones con las que Alina no quería lidiar se apoderó de ella, así que decidió no insistir más en el tema.
Estella dijo, con un tono suave pero alentador: «Como la final es esta noche, deberías aprovechar el día de hoy para descansar, Alina. Espero de verdad que las dos lo demos todo».
«Por supuesto».
Poco después de terminar el desayuno, Estella regresó a su habitación para prepararse para la competición.
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Mientras tanto, Alina se ocupó de algunas tareas relacionadas con el trabajo, pero una inquietud persistente seguía acechándola, así que decidió salir a dar un paseo por el jardín del hotel.
Tras caminar un rato, encontró un banco y se sentó en él; el calor del sol de la tarde le fue ayudando poco a poco a relajar el cuerpo.
De repente, una voz aguda y enfadada rompió el silencio. «¿Y ahora qué se supone que tengo que hacer?».
Atraída por el sonido, Alina levantó la vista y se giró hacia donde provenía. Enseguida divisó a una mujer de pie, parcialmente oculta tras un árbol, hablando por el móvil.
La mujer parecía ansiosa; su cuerpo temblaba como si apenas pudiera mantenerse en pie.
Alina la reconoció al instante.
«¿Cómo iba a saber que su mujer vendría a buscarme? Sinceramente, ahora mismo estoy muerta de miedo». Irene hablaba con voz tensa, agarrando con fuerza el teléfono.
Tras tranquilizarlo, colgó bruscamente.
Irene bajó el teléfono, con la frustración y la impotencia bullendo en su interior. Solo entonces se percató de que había alguien sentado cerca, y su expresión se tensó en cuanto vio de quién se trataba. «¿Alina? ¿Estabas escuchando mi llamada?», le espetó, con un tono cortante y lleno de sospecha.
«No te hagas ilusiones. No me interesan tus llamadas», respondió Alina, con una expresión fría y distante.
Con la mirada endurecida, continuó: «Ya te lo advertí, Irene. Si de verdad quisieras arreglar las cosas, deberías haberte disculpado mientras aún tenías la oportunidad».
Sin una pizca de remordimiento, Irene replicó: «¿Por qué debería disculparme? Si ella no pudo mantener fiel a su propio marido, ¿qué tiene eso que ver conmigo?».
Alina se quedó sin palabras ante la descarada insolencia de aquella respuesta.
En ese momento, Irene le pareció una completa desconocida.
En el fondo, aún albergaba la esperanza de que Irene reconociera sus errores. Pero ahora estaba claro que había esperado demasiado.
Tras tomar por fin una decisión, dejó escapar un suspiró silencioso.
A partir de ahora, los problemas de Irene ya no eran asunto suyo.
Sin decir nada más, se dio la vuelta y se marchó.
Irene la vio alejarse, con amargura en la mirada. Unos instantes después, una sonrisa calculadora se dibujó lentamente en sus labios. Volvió a levantar el móvil y marcó un número.
«Se me acaba de ocurrir una idea genial…»
Aquella noche marcó el inicio de la ronda final del Campeonato Nacional de Joyería.
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