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Capítulo 808:
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Ninguno de los dos habló. El aire entre ellos estaba cargado de una pesada quietud, de esas que solo se producen cuando las palabras resultan inútiles.
Waylon se giró primero. «Ya estás aquí». Su voz era grave, áspera por algo que no se había dicho.
—Sí —dijo ella en voz baja. Su mirada se cruzó con la de él, cansada pero firme. En ella se percibía un sutil dolor, pero también la fuerza serena que surge de aceptar lo que no se puede cambiar.
—Lo sé todo —dijo él tras una pausa.
—Yo también —respondió ella.
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El silencio se prolongó, profundo y frágil, como si ninguno de los dos se atreviera a romperlo.
Ambos conocían la verdad. Su historia ya se les había escapado de las manos. Lo que viniera después ya no dependía de ellos.
Alexia esbozó una pequeña sonrisa y se acercó hasta quedar a su lado, con las luces de la ciudad brillando abajo como diamantes derramados. «No hablemos de cosas serias. ¿Por qué no viniste a mi cumpleaños? Te esperé».
La mirada de Waylon se desvió hacia ella. «Lo siento.
Me surgió algo».
Ella parpadeó, sorprendida por la sencillez de su respuesta, luego soltó una risa suave y negó con la cabeza. «Me lo imaginaba. Pensé que quizá simplemente no querías verme… o quizá me odiabas. Quizá fue mejor así. La isla no estaba precisamente segura aquel día. Iba vestida de maravilla; es una pena que te lo perdieras».
Waylon bajó la mirada y habló en voz baja. «Lo sé».
«¿Qué sabes? ¿Que pensé que ibas a pedirme matrimonio aquella noche? Ahora suena ridículo, ¿verdad?». Alexia intentó que su tono sonara desenfadado, pero su voz titubeó ligeramente.
Waylon la miró a los ojos. «No, no es ridículo. Iba a hacerlo».
Se le cortó la respiración. Por un instante, las luces de la ciudad se difuminaron y le escocían los ojos por las lágrimas contenidas.
Waylon sacó una pequeña caja de terciopelo del bolsillo. No la abrió. Simplemente la sostuvo en la mano como si fuera algo demasiado frágil para mirarla.
Los ojos de Alexia siguieron el movimiento y se le hizo un nudo en la garganta. La visión de aquella cajita bastó para que perdiera la compostura, pero se obligó a mantenerse erguida, parpadeando rápidamente para evitar que las lágrimas cayeran.
«¿Qué se supone que significa esto ahora?», preguntó en voz baja.
«Un regalo de cumpleaños. Espero que te guste», dijo Waylon con voz ronca. Ya no era una propuesta de matrimonio. Era solo un regalo de cumpleaños, despojado de todo lo que una vez había significado.
Alexia aceptó la caja con manos firmes que no acababan de corresponderse con el temblor de su pecho. La abrió lentamente.
En su interior yacía un anillo: sencillo, elegante y impresionante.
Una gema poco común descansaba en su centro, captando hasta la luz más tenue. Ondulaciones doradas brillaban bajo su superficie, tan vivas que resultaba difícil apartar la mirada.
—¿Así que este es el tesoro de valor incalculable del que hablabas? —Su voz sonó suave, apenas por encima de un susurro.
—Se encontró a dos mil metros bajo el mar, forjada por una presión capaz de aplastar casi cualquier otra cosa. En cuanto la vi, pensé en ti. Sabía que te gustaría. —Waylon asintió ligeramente, con un tono tranquilo pero cálido.
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