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Capítulo 594:
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Charlie adoptó una expresión grave. «Por aquel entonces, debía de haber perdido la cabeza».
Alexia no encontraba palabras para responder.
Waylon dijo con impaciencia: «Ese tipo de excusa cutre no te llevará a ninguna parte conmigo».
A Charlie se le escapó un profundo suspiro. «Quizá debería suicidarme antes de que lo haga otra persona. Waylon, ¿de verdad vas a quedarte de brazos cruzados y dejar que eso ocurra?».
Alexia podía ver cómo la ira se acumulaba en el rostro de Waylon. Una densa tensión se cernía sobre la mesa, haciendo que toda la comida resultara asfixiante.
En cuanto terminó la cena, Charlie se animó de repente y les instó a quedarse a pasar la noche.
Solo entonces Alexia descubrió que aquel castillo había sido en su día el hogar tanto de Waylon como de su madre.
Mientras se frotaba las manos nerviosamente, Charlie se dirigió a Waylon. «Hay muchas cosas de las que tenemos que hablar, a solas. Haré que alguien le enseñe el castillo a tu prometida para que podamos charlar en privado».
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Alexia asintió rápidamente, plenamente consciente de que Waylon nunca le daría la espalda a Charlie cuando realmente importara.
Mientras un criado acompañaba a Alexia hacia el jardín trasero, Charlie condujo a Waylon al estudio. Con un gesto nervioso, Charlie le ofreció un puro a Waylon. «Waylon, necesito tu ayuda con esto».
Waylon preguntó: «Dime la verdad: ¿para quién es realmente el uranio?».
Una sonrisa amarga se dibujó en el rostro de Charlie. «Es para tu padre».
Waylon se quedó paralizado, incrédulo, antes de soltar una risa sarcástica. «Eso es imposible. Lleva años muerto».
«Bueno, en realidad, me refería a la familia de tu padre».
Waylon replicó: «Entonces, ¿por qué no dejas que ellos te saquen de este lío?».
«Waylon…». A Charlie se le escapó un suspiro de cansancio. «Sabes que nunca moverían un dedo. Tomé estas decisiones por mi cuenta, y ellos no tienen nada que ver con nada de esto. Además, están atrapados por sus propios intereses. ¡No podrían ayudar aunque quisieran!».
Waylon exhaló una lenta bocanada de humo, clavando en Charlie una mirada fija. «Si quieres que me involucre, tendrás que seguir mis reglas».
Un destello de esperanza volvió a los ojos de Charlie. «¡Dime lo que quieres!».
La mirada de Waylon volvió a posarse en él. «A partir de ahora, responderás ante mí».
Charlie aceptó sin pensárselo dos veces. «¡De acuerdo!».
La voz de Waylon era tranquila, pero firme. «Se acabó la lealtad a la familia de mi padre. Tu lealtad me pertenece a mí. ¿Queda claro?».
Charlie se quedó en silencio, reflexionando. «Si me sacas de esto, mi vida está en tus manos. Haré lo que necesites. Estoy a tus órdenes».
«No olvides lo que has prometido hoy. Si alguna vez vuelves a causarme problemas, no me lo pensaré dos veces». Waylon le recordó a Charlie la enorme responsabilidad que recaía sobre sus hombros. A quienes se interponían en sus decisiones rara vez se les daba una segunda oportunidad.
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