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Capítulo 55:
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«¿Así que los demás pueden ser genios, pero Roger no? ¡Míralo! Ni siquiera es capaz de ganar una pelea. ¿De qué sirve eso?».
Rodeado de burlas y críticas, Roger no tuvo más remedio que cerrar la puerta en silencio y volver a entregarse al entrenamiento.
Se cruzó por primera vez con Sirius durante una de las primeras rondas eliminatorias. Aquel día, todo le salía mal: su cuerpo estaba pesado y su mente llena de dudas. Cada golpe que recibía parecía resonar con las mordaces burlas de Allen.
Al llegar al descanso, estaba agotado, tanto física como mentalmente. Se dirigió arrastrando los pies hacia su entrenador, tentado de tirar la toalla, cuando de repente apareció una chica y le entregó un cuaderno de dibujo.
«Oye, tú eres Roger, ¿verdad? Alguien quería que tuvieras esto», dijo ella con naturalidad.
Lo cogió sin pensarlo mucho, pero en cuanto lo abrió, se le cortó la respiración.
Página tras página, había dibujos toscos pero vívidos de él. Su figura capturada en diversos partidos —ganara o perdiera, maltrecho u orgulloso—; cada boceto transmitía algo más que simples trazos.
Sin importar el resultado —victorioso o derrotado, ensangrentado o decidido—, ella lo había dibujado como a un héroe, como si fuera el protagonista de su propia historia.
𝖳𝘳a𝖽u𝗰𝖼𝘪𝗼ne𝗌 𝘥e 𝗰𝘢𝘭𝘪𝗱𝗮𝗱 𝘦n 𝗻𝗼𝘷𝘦l𝖺𝘴𝟰𝘧𝖺ո.𝘤о𝘮
Al final, había un único nombre garabateado: Sirius.
Por aquel entonces, ese nombre no significaba nada para él.
La chica le explicó: «Sirius tuvo que marcharse antes y no pudo quedarse a ver el resto de tu partido. Pero me pidió que te entregara esto: la vida es como un partido. No hay ganadores ni perdedores para siempre. Si lo das todo en cada ocasión, ya has ganado. ¡Sigue dándolo todo en los próximos combates!».
Mirando atrás, no era exagerado decir que ella fue su salvación.
Fue como si lo hubieran sacado de las profundidades justo cuando estaba a punto de ahogarse: sus palabras, ese cuaderno de bocetos, le dieron el aire que necesitaba desesperadamente.
Volvió al ring como si algo dentro de él hubiera cambiado. Era como si la victoria misma se hubiera puesto de su lado. En ese asalto, luchó como un hombre renacido… y ganó.
No tardó mucho en descubrir la verdad: Sirius no era una chica cualquiera. Era una estrella en ascenso en el mundo del arte, ya famosa cuando se conocieron. La primera vez que pisó una galería de arte fue por ella.
Al entrar, se detuvo ante un cuadro enorme. A su alrededor, la gente susurraba con asombro sobre el astronómico precio por el que se había vendido: una suma escandalosa.
Pero nada de eso importaba. En el momento en que sus ojos se posaron en el lienzo, todos los demás sonidos se desvanecieron.
Nunca había conocido a Sirius antes y no sabía absolutamente nada de arte, pero allí de pie, lo sintió en lo más profundo de su ser: Sirius había nacido para esto. Ella pertenecía al mundo del arte, un mundo lleno de brillantez y creatividad.
Era uno de esos genios excepcionales. Y alguien como él nunca podría estar realmente a su altura.
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