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Capítulo 505:
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Una oleada de sorpresa se apoderó de Alexia. Ni en sus sueños más descabellados había esperado que Waylon le preguntara algo tan directo.
Sin embargo, al observar la seriedad grabada en el rostro de Waylon, intuyó instintivamente lo mucho que su respuesta significaría para él.
La idea de amar a alguien por encima de todo se le quedó grabada en la mente.
Aún sintiéndose un poco desorientada, respondió: «Tú no eras a quien más quería. ¿Crees que me habría quedado contigo? ¿O que habría llegado incluso a comprometerme contigo?». Al fin y al cabo, su relación había llegado a ese punto por una razón. En el fondo, Alexia sabía que nunca aceptaría algo que no quisiera de verdad; nadie podría obligarla jamás a tomar una decisión en contra de su voluntad.
Waylon parpadeó ante su franqueza y, tras un latido, soltó una risa suave. Momentos como este hacían que Alexia se diera cuenta de los inconvenientes de tener un novio tan increíblemente guapo. Con solo una mirada o una sonrisa, él podía hacer que ella perdiera toda su determinación.
Alexia se apresuró a coger la manta más cercana. «Ya basta. Me voy a dormir ahora». Waylon apartó la manta de un golpe. «¿Dormir? Esta noche no. Yo digo que nos saltemos eso».
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A Alexia se le pusieron los nervios de punta y volvió a lanzarse a por la manta. «Venga, de verdad que solo quiero acostarme temprano».
Sus labios rozaron el lóbulo de su oreja y luego su mejilla, mientras le susurraba: «Si lo único que querías era dormir, ¿por qué me pediste que me quedara?».
Con las mejillas enrojecidas, Alexia murmuró: «Nunca te pedí que te quedaras».
«¿De verdad?»
«¡De verdad!»
Waylon la miró de arriba abajo con una sonrisa burlona. «No estás siendo sincera». El calor le subió aún más por la cara. Alexia se escondió bajo la manta. «¡Basta ya! ¡Quiero dormir!«
«Ni hablar», respondió él con rotundidad, tirando ya del borde de su bata. Ella intentó apartarle la mano, pero con los dedos atrapados en su agarre, ya no le quedaban fuerzas para resistirse.
Su mirada lo abarcaba todo: el aspecto que tenía ella tumbada bajo él, la forma en que el collar que él le había regalado brillaba contra su piel desnuda.
El intenso brillo del diamante bailaba sobre su piel, como si ella fuera una obra maestra que él se había apropiado sin pedir permiso.
Ella había venido a este mundo para deslumbrar, para despertar la admiración de todos los que la rodeaban, con un espíritu demasiado salvaje e indómito como para que nada pudiera someterla jamás.
Mientras sus dedos recorrían el collar, Waylon se preguntaba si alguna joya del mundo podría estar a la altura de ella. Aun así, verla llevar algo que él había elegido le proporcionó una oleada de satisfacción.
Con la mirada clavada en la de ella, se dio cuenta de que lo único que deseaba era que ella lo mirara a él, y solo a él, para siempre.
La angustia se apoderó del pecho de Alexia, con los nervios en llamas por la vacilación de Waylon.
A punto de cerrar los ojos y ordenarle que acabara de una vez, la suavidad de su beso la pilló desprevenida.
Una chispa de sorpresa bailó en su mente, pero el momento no duró mucho. El estado de ánimo de Waylon cambió, y la calidez de sus labios dio paso a algo mucho más salvaje.
Ese suave beso no fue más que la calma antes de una oleada de pasión voraz.
A partir de ahí, cada caricia y cada movimiento pusieron a prueba los límites de su resistencia. Una y otra vez, sus manos la exploraron, despertando sensaciones que la dejaban sin aliento.
«¡Por favor! ¡Ya basta!». Sus dedos se enredaron en su pelo, arqueando la espalda, atrapada en algún punto entre desear alivio y querer más.
El placer la abrumó. Retorciéndose y contorsionándose, perdió la noción de si quería escapar o rendirse a sus caricias provocadoras. Waylon se negó a aflojar el abrazo, manteniéndola bien sujeta, así que lo único que pudo hacer fue temblar, con la voz quebrada por gemidos agudos y suplicantes.
Una risa áspera y oscura retumbó en su garganta. «Dices que pare, pero tu cuerpo cuenta otra historia».
Esas palabras tan atrevidas hicieron que a Alexia le ardieran las mejillas. «¡Deja de hablar!»
Waylon exigió: «Abrázame».
Sin fuerzas ya para resistirse, Alexia hizo lo que él le pedía. Enroscó los brazos alrededor de su cuello, cambiando de posición hasta quedar a horcajadas sobre él, sin aliento y sonrojada. Cada centímetro de su cuerpo parecía reclamado por su tacto; su deseo se apoderaba de sus sentidos hasta que lo único que pudo hacer fue rendirse.
En algún lugar de aquel torbellino vertiginoso, el miedo se asomó por un instante: miedo a la intensidad, a la necesidad de consuelo. En busca de seguridad, le dio un beso en los labios.
La alivió que Waylon le devolviera el beso con igual avidez. Aquella presión firme y familiar le calmó los nervios. Durante una pausa inusual y tranquila, consiguió recuperar el aliento.
Una súplica breve pero decidida. «Bésame toda la noche. »
Se le escapó una risa, profunda y llena de deseo, con los ojos oscuros de ansia.
La llevó de nuevo al clímax. «Toda la noche no es ni de lejos suficiente. Te besaré todos los días».
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