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Capítulo 236:
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«¿Sigues negándote a decírmelo?», preguntó Alexia mientras apretaba con más fuerza el cuello de Alayna. Aunque el color de Alayna adquiría un tono alarmante, ella no dejaba de reír.
La irritación se reflejó fugazmente en el rostro de Alexia antes de que, por fin, aflojara el agarre. Alayna se llevó las manos a la garganta mientras se ahogaba y luchaba por respirar, lanzando palabras crueles entre toses entrecortadas. « ¡Adelante, mátame! Nada de lo que hagas puede cambiar el hecho de que tus padres te abandonaran. Nunca has pertenecido a ningún sitio. La familia Jenkins tiene a la hija a la que adoran. Deberías estar agradecida por los años que te han criado».
Una mirada gélida se apoderó de los ojos de Alexia mientras la miraba fijamente. «¿Sigues fanfarroneando, eh?
Tengo cien formas diferentes de hacerte soltar la verdad».
Sacó su móvil y llamó a un número oculto. «Joker, ven aquí. Ahora mismo».
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Un destello de pánico se dibujó en el rostro de Alayna. En una fracción de segundo, se giró y se estrelló de cabeza contra el sólido pilar que tenía al lado.
La sangre salpicó el suelo mientras el cuerpo de Alayna se desplomaba, sin vida.
Aquella escena hizo que Alexia frunciera profundamente el ceño.
Al otro lado de la línea, se oyó la voz ronca de Joker. «Luna, envíame tu ubicación».
Al no oír más que silencio, Joker volvió a preguntar, confundido: «¿Luna? ¿Estás ahí?».
Tras una larga pausa, Alexia respondió por fin: «No te molestes. Ya no te necesitamos».
Al salir de la habitación, no le sorprendió encontrar que llovía a cántaros.
Alexia se abrió paso a través de la tormenta, con el paraguas en la mano, cuando una pequeña figura llamó de repente su atención.
La niña estaba agachada junto a un montón de basura. Estaba empapada hasta los huesos, temblando mientras rebuscaba entre los restos; el agua de lluvia le resbalaba por la cara y empapaba su ropa andrajosa.
Un agudo dolor le oprimió el pecho a Alexia, pues no pudo evitar ver en la mirada de aquella niña un reflejo de sí misma de joven, luchando por sobrevivir. Agachándose a la altura de la niña, Alexia le preguntó: «¿Tienes hambre?».
La niña levantó la cabeza de golpe, con los ojos nublados por la desconfianza y la incertidumbre.
Con una sonrisa amable, Alexia sacó un trozo de pan de su bolso y se lo ofreció. Por un momento, la niña dudó. Al final, el hambre pudo más y agarró el pan, devorándolo en un santiamén.
Las dos se sentaron juntas bajo un toldo que les daba cobijo. A medida que la niña terminaba de comer, su postura rígida se fue relajando poco a poco.
Alexia entabló una conversación amable y, al poco tiempo, la niña empezó a abrirse y a hablar de las dificultades a las que se enfrentaba cada día.
Alexia observaba cómo el agua de lluvia goteaba sin cesar desde el borde del tejado. «¿Alguna vez sueñas con marcharte de aquí algún día?»
«Sí», respondió la niña, con voz débil pero firme. «Quiero crecer rápido, salir de aquí, ganar dinero y cuidar de mis padres y de mi hermanito enfermo».
«Así que todo lo que haces es por tu familia, ¿eh?», preguntó Alexia con delicadeza. «¿Alguna vez has deseado algo solo para ti?»
«Mis padres siempre me han dicho que mi deber es cuidar de ellos».
Alexia reconoció esa mirada. Entendía demasiado bien lo que significaba sentirse atrapada por el deber.
Antes de marcharse, Alexia le puso en la mano a la niña algo de dinero en efectivo y un trozo de papel con su número. «Piensa también en tus propios sueños. Cuando estés lista, llámame».
Dicho esto, Alexia se dio la vuelta para marcharse, pero la voz de la chica la llamó por detrás.
«¡Tu paraguas! ¡Sigue lloviendo a cántaros!».
Alexia se limitó a hacer un gesto con la mano, decidiendo seguir caminando sin él, dejando que la lluvia la empapara. Su figura solitaria parecía aún más aislada contra el fondo gris y vacío.
La negativa de Alayna a revelar la verdad, al preferir la muerte a la confesión, hizo que Alexia se preguntara si merecía la pena seguir persiguiendo su pasado.
¿Realmente importaba quiénes fueran sus padres biológicos? Había sobrevivido sin ellos, había forjado su propia fortaleza y se había convertido en alguien lo suficientemente fuerte como para valerse por sí misma. Quizá era hora de dejar de intentar forzar un sentido de pertenencia que simplemente no existía.
Para cuando llegó al hotel, tenía la ropa empapada y las gotas le resbalaban por la cara. Se sobresaltó al encontrar a Waylon esperándola en el vestíbulo.
La sorpresa en sus ojos era evidente: no esperaba verlo allí.
La mirada de Waylon se tornó tormentosa al darse cuenta de que estaba empapada. Se acercó a grandes zancadas y, antes de que ella pudiera apartarse, su pie resbaló sobre el suelo resbaladizo.
Waylon la sujetó al instante, rodeándole la cintura con un brazo y manteniéndola firme. Su tono era severo mientras la miraba de arriba abajo. «¡Estás empapada! ¿Qué demonios te ha llevado a salir con este tiempo? ¿Te has vuelto loca?»
Alexia intentó zafarse de él, pero sus fuerzas la abandonaron y se derrumbó contra él.
Frunció el ceño e hizo un débil esfuerzo por liberarse, pero él solo la atrajo más hacia sí, negándose a soltarla.
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