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Capítulo 112:
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En el instante en que las palabras salieron de la boca de Waylon, el ambiente se llenó de una tensión asfixiante.
Todas las miradas se clavaron en Roger y Alexia, con la expectación bullendo en el aire cargado de tensión.
Roger palideció, su piel se volvió cenicienta y sus hombros se tensaron como si el peso del momento lo estuviera convirtiendo en piedra, mientras su orgullo se resquebrajaba bajo la presión.
Se volvió hacia Alexia; le invadieron sentimientos encontrados: conmoción, incredulidad, humillación. Durante una fracción de segundo, Alexia arqueó las cejas con auténtica sorpresa, pero recuperó la compostura casi al instante.
Su enfrentamiento duró solo un instante antes de que Roger bajara la mirada, invadido por la vergüenza.
Waylon ni siquiera parpadeó, con voz fría y desdeñosa. «Si arrodillarte te resulta demasiado, entonces desaparece».
Roger apretó los puños hasta que sus nudillos amenazaron con romperse, y el sonido resonó agudo en el silencio cargado de tensión.
Miró con ira a Waylon —esa misma figura que siempre había ensombrecido a todos los herederos privilegiados de la ciudad, una montaña que ninguno de ellos había logrado escalar jamás—. Incluso ahora, con los años a sus espaldas, a Roger le resultaba imposible sostener la mirada de Waylon sin sentir ese viejo escozor de sentirse inferior.
Waylon siempre había ejercido el poder como un bisturí: cortando egos, recortando el orgullo, sin sudar ni una gota mientras lo hacía.
«Roger, tienes que ayudarme», gimió Brandon desde donde yacía tendido, pero Roger no se movió; su silencio lo decía todo.
Nada le horrorizaba más que la idea de perder prestigio ante Alexia: humillarse, admitir la culpa o caer de rodillas era impensable.
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En su mente, no había hecho nada para merecer esto.
Waylon le lanzó a Simon una mirada elocuente, y Simon lo entendió al instante. Sin mediar palabra, uno de los hombres agarró la mano herida de Brandon, levantó la navaja y le cortó dos dedos.
Se oyó un chasquido repugnante, seguido de un grito tan agudo y desesperado que parecía rasgar el aire. La sangre brotaba a borbotones de lo que quedaba de la mano de Brandon mientras este se retorcía, y sus maldiciones se transformaban en sollozos lastimeros y entrecortados.
Simon observó cómo se desarrollaba la escena, con la mirada fija. Por la forma en que la mano colgaba flácida, estaba claro que Brandon nunca volvería a usarla.
«Brandon…». Solo entonces Roger se abalanzó hacia delante, presionando desesperadamente la herida, con el rostro pálido como la cera.
Los ojos de Brandon, enrojecidos y rebosantes de dolor, fulminaron a su primo. «¿Por qué no hiciste nada?».
Incapaz de mirarlo a la cara, Roger mantuvo la cabeza gacha, devorado por la culpa.
Una risa ahogada retumbó en el pecho de Waylon. Se volvió hacia Alexia y le acarició suavemente el pelo con la mano, como si nada grave hubiera ocurrido.
«Deberíamos irnos», murmuró con voz suave, dejando atónitos a todos los que les rodeaban.
Alexia lo miró fijamente, desconcertada, pero tras un instante, asintió levemente con la cabeza.
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