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Capítulo 339:
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Al oír eso, Justine apretó con fuerza los dedos contra las palmas de las manos, clavándose las uñas en la piel mientras la frustración le retorcía el pecho. No lograba entender por qué Darren lo arriesgaría todo por Lillian. Aun así, poco importaba; de todos modos, estaba destinado a perderla.
Era imposible que Lillian saliera con vida de allí.
Mientras la acompañaban hacia la salida, una leve sonrisa cómplice se dibujó en los labios de Justine.
Por fin, Lillian desaparecería de su vida. Sin ella, nadie volvería a amenazar su posición.
Dentro de la sala rodeada por la barrera, Lillian yacía tendida en el suelo. Un brazo le colgaba inerte a un lado, sin responder en absoluto, mientras que al menos tres costillas fracturadas hacían que incluso la más mínima respiración se sintiera como una cuchilla clavándose en su pecho.
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Delgados hilos de sangre caían al suelo uno tras otro, extendiéndose en manchas oscuras y irregulares. El olor metálico y penetrante se extendía por el espacio cerrado.
Ese olor no pasó desapercibido. Atraído por él, el insecto fijó su atención en ella con una precisión escalofriante.
Los ojos compuestos del insecto se deslizaron hacia el charco de sangre que se acumulaba en el suelo. Un fuerte temblor recorrió sus mandíbulas, que se contraían espasmódicamente, y todo su cuerpo vibraba con un hambre salvaje. Dominado por ese instinto feral, se abalanzó de nuevo hacia delante con frenesí.
El poder de una criatura de nivel A superaba con creces cualquier cosa que Lillian pudiera soportar. Cuando aquellas mandíbulas dentadas se abalanzaron hacia su pecho, listas para desgarrarle el corazón, el collar invisible que descansaba sobre su cuello cobró vida de repente en un destello de luz abrasadora.
En ese instante, tan breve como el filo de una navaja, el amuleto protector que Erik le había dado se activó. Una barrera violeta translúcida surgió de la nada, interceptando el golpe letal. Al mismo tiempo, una oleada de energía contenida se derramó en Lillian, atravesando su maltrecho cuerpo y restaurando ligeramente sus fuerzas.
Apretando los dientes, apoyó una mano temblorosa contra el suelo helado y se obligó a ponerse en pie. Un instinto desesperado e inquebrantable de vivir se encendió en su interior, endureciéndose hasta convertirse en una determinación fría y ardiente que le abrasaba la mente.
La muerte no era una opción. Se negaba a aceptarla, se negaba a doblegarse ante ella, ni aquí ni ahora.
Hasta el último hilo de su poder espiritual se liberó de golpe, desbordándose sin freno. Impulsada por el poder del amuleto, esa fuerza se abalanzó en un torrente temerario dirigido directamente contra el insecto.
Al borde de la locura, contraatacó sin vacilar. A su lado, el escudo de hielo estalló con un crujido agudo, astillándose en innumerables fragmentos irregulares que se lanzaron hacia delante y se clavaron en el cuerpo del insecto.
A sus ojos, el insecto que se abalanzaba sobre ella pareció vacilar en plena embestida, con sus movimientos arrastrados como si el tiempo mismo se hubiera fragmentado en fotogramas lentos y quebrados. A través de esa quietud distorsionada, su poder espiritual descontrolado se clavó profundamente en la red neuronal de la criatura, golpeando con precisión implacable.
En ese fugaz latido, su conciencia rozó algo extraño en lo más profundo de la mente del insecto.
Recurriendo a sus últimas fuerzas, condensó dos espadas de hielo en sus palmas y gritó con voz ronca. Una capa de escarcha explotó hacia fuera bajo sus zapatos, mientras que feroces púas de hielo, parecidas a espinas, brotaban hacia arriba en una violenta lluvia, clavándose en el cuerpo del insecto.
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