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Capítulo 356:
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El mundo de Iris se hizo añicos.
No fue el miedo a la muerte lo que la destrozó. Fue el nombre.
Ethan.
Ethan en la habitación horas antes, con ropa de bebé manchada de sangre en la mano, los ojos llenos de furia ciega, diciéndole: «Deshazte de ello». Esas palabras, pronunciadas con una rabia volcánica, ahora cobraban vida en esta pesadilla. En una mente quebrada por el terror y las drogas, la coincidencia le parecía imposible; él debía de haberlo ordenado.
Lo había hecho. De verdad lo había hecho. No se había limitado a amenazarla: su odio había llegado tan lejos como para permitir esto.
𝖭𝗈𝗏𝖾𝗅𝖺𝗌 𝖽𝖾 𝗋𝗈𝗆𝖺𝗇𝖼𝖾 𝖾𝗇 𝗇𝗈𝗏𝖾𝗅𝖺𝗌𝟦𝖿𝖺𝗇.𝖼𝗈𝗆
Un aullido desgarrador y crudo brotó de su garganta, animal, primitivo.
«¡Maldito seas! ¡Maldito seas, Ethan Kensington!», gritó Iris, forcejeando contra las ataduras con una fuerza que hizo temblar la pesada camilla. «¡No lo tocarás! ¡Te mataré!».
«Sedadla», ordenó el médico con indiferencia, volviéndose para preparar una bandeja de instrumentos quirúrgicos. El metal resonó contra el metal: su pesadilla se había hecho sonido.
La enfermera inyectó un líquido lechoso en la vía intravenosa.
Iris sintió cómo el frío le subía por el brazo. Se mordió la lengua hasta saborear sangre, utilizando el dolor como un ancla para evitar hundirse.
No te duermas. Si te duermes, él muere.
A millas de distancia, en el solitario silencio de un bar exclusivo del centro de Boston, Ethan Kensington miraba fijamente el fondo de su vaso.
No estaba en la biblioteca de su mansión. No podía soportar el silencio de aquella casa vacía. Había huido hacia el ruido, intentando ahogar la culpa que le carcomía por dentro.
Entonces, el vaso se le resbaló de los dedos.
No se hizo añicos. Aterrizó sobre la barra de caoba con un golpe sordo, derramando licor ámbar.
Ethan se llevó una mano al pecho. Una punzada aguda e inexplicable le robó el aliento. Una sensación de pérdida tan profunda que le revolvió el estómago, como si un hilo invisible que lo unía al mundo se hubiera tensado hasta el punto de romperse.
Sacó el móvil. Pantalla en negro. Ninguna llamada perdida de Iris. Ningún mensaje de disculpa. Solo un silencio acusador.
—Vance —gruñó Ethan, marcando el número de su jefe de seguridad con dedos temblorosos—. ¿Dónde está?
—Señor… —la voz de Vance sonaba tensa—. Los localizadores del coche original de la señora Kensington llevan inactivos desde que salió de la mansión. Sin embargo, hemos accedido a las cámaras de tráfico de la ciudad. La hemos identificado subiéndose a un vehículo robado cerca de la Quinta Avenida. El seguimiento visual indica que se dirigió hacia el barrio del puerto, pero la perdimos de vista hace dos horas».
«¿Un coche robado?». Un escalofrío recorrió la espalda de Ethan. Iris nunca haría algo así a menos que estuviera desesperada. «Rastrea su teléfono. O el de Chloe Green».
«El teléfono de la señorita Green emitió una última señal en los muelles antes de quedarse sin batería. Señor, hemos encontrado el coche robado abandonado allí. Hay indicios de que ha habido una pelea».
El alcohol se evaporó de la sangre de Ethan en un instante. En su lugar, se apoderó de él un terror sobrio y gélido.
«Ya voy».
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