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Capítulo 273:
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La lluvia golpeaba con fuerza el cristal antibalas de la suite VIP, marcando el paso de una noche que parecía interminable. Las horas habían transcurrido en una bruma gris desde que Ethan salió de la habitación aquella mañana, prometiéndole darle espacio, pero la distancia física había sido una tortura insoportable. No había sido capaz de marcharse. Se había pasado el día merodeando por los pasillos, gestionando la crisis legal de Blake desde su teléfono, hasta que la puesta de sol y la tormenta le dieron la excusa perfecta para colarse de nuevo en silencio, sobornando a la enfermera de guardia para que se hiciera cargo de su turno.
Ethan se quedó junto a la ventana panorámica, observando cómo los relámpagos iluminaban los jardines perfectamente cuidados de la clínica privada a las afueras de Boston, adonde los habían trasladado en un avión médico apenas unas horas antes. Su camisa de lino estaba arrugada tras horas sin dormir. No sentía el frío del aire acondicionado central; solo sentía el calor residual de la ira y el miedo que lo habían consumido desde el incidente en el lago. Sabía la verdad. Sabía quién era ella. Iris no era solo su exmujer; era «W», la prodigio de la medicina, la mujer que había engañado al mundo y a él.
Iris se removió en la cama extragrande, atrapada en las garras de la sedación. Su piel, normalmente pálida como la porcelana, estaba ligeramente sonrojada, mientras que el monitor de signos vitales de última generación emitía un ritmo constante y tranquilizador.
Pero su mente seguía luchando.
«No… no me toques», murmuró Iris, con una voz que apenas se percibía en la penumbra de la suite. Movió la cabeza sobre la almohada de seda hipoalergénica. «Wayne… déjame…»
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El nombre atravesó la coraza de Ethan con la precisión de un bisturí. Wayne Gacy. El padrastro. El monstruo que había atormentado su infancia. Ethan apretó los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Ahora que conocía toda su historia, ahora que había leído cada página de aquel expediente médico que le helaba la sangre, aquel nombre despertaba en él un impulso asesino.
«Vete… No te quiero aquí… vete…»
Ethan se alejó de la ventana, con sus pasos amortiguados por la gruesa alfombra. Su mente, aguda pero agotada por la culpa, interpretó aquellas palabras no como un rechazo al fantasma de Wayne, sino como un rechazo hacia él. Al fin y al cabo, él había sido otro monstruo en la vida de ella.
Se acercó a la cama y se sentó en el borde, con cuidado de no mover los tubos de la vía intravenosa. El colchón viscoelástico apenas notó su peso.
«No…», sollozó ella, con los ojos bien cerrados, perdida en el delirio persistente de una fiebre que ya había empezado a remitir.
«Soy yo», dijo Ethan, con voz grave y cargada de una oscura posesividad que no podía reprimir. Extendió la mano y le apartó un mechón de pelo húmedo de la frente. La fiebre había bajado, gracias a los mejores antibióticos que el dinero podía comprar, pero ella seguía ardiendo por dentro.
Al sentir su tacto, Iris abrió los ojos. Estaban vidriosos, sin enfoque. Por un segundo, la brillante inteligencia de la doctora W quedó empañada por el trauma de la niña asustada. El miedo se reflejó en sus pupilas grises al verlo.
«Déjame en paz… vete con ella… vete con tu madre… vete con Victoria…»
La mención de Victoria, la socialité que su madre Evelyn insistía en endosarle, desató los celos irracionales de Ethan. Pero lo que más le dolía era la distancia. Recordó cómo Julian Thorne, a pesar de su pierna lesionada, había intentado llegar hasta ella sobre el hielo. Recordó cómo Iris parecía confiar en Julian.
«No voy a ir a ninguna parte», gruñó Ethan, bajando la voz una octava. Agarró las manos de Iris, no para inmovilizarla con violencia, sino para anclarla a la realidad, entrelazando sus dedos con los de ella con fuerza. «Mírame, Iris. Mírame. Soy yo. Ethan».
Iris intentó débilmente retirar las manos.
«Déjame ir… me das asco… todo esto… es una mentira…»
«¿Te doy asco?», Ethan soltó una risa seca y dolorida. Se inclinó sobre ella, invadiendo su espacio, desesperado por borrar cualquier otro nombre de su mente. «Sabes quién soy. Sabes que yo sé quién eres, W. Ya no hay secretos».
Sin darle tiempo a asimilarlo, Ethan bajó la cabeza y capturó su boca. No fue un beso de salvador. Fue un beso de posesión, desesperado y cargado de culpa. Sus labios eran exigentes, buscaban una respuesta, intentaban demostrarse a sí mismo que ella seguía allí, que no la había perdido por culpa de la muerte ni de Julian.
Iris emitió un sonido ahogado; la sorpresa atravesó su niebla mental. La frialdad clínica de Ethan chocó con su fiebre, creando una fricción eléctrica. Por un momento, la resistencia de Iris flaqueó. Su cuerpo traidor recordaba la química que siempre había existido bajo el odio. Sintió su desesperación, el puro terror de haber estado a punto de perderla.
Ethan percibió su vacilación y suavizó el beso, gimiendo contra su boca, convirtiendo la exigencia en una súplica.
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