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Capítulo 484:
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Su sencillo vestido blanco se ceñía a su figura, transformándola en un emblema de gracia y elegancia. Al inclinar la cabeza para cerrar la puerta, la elegante línea de su cuello captó la luz, añadiendo un toque de encanto antiguo a su silueta.
Cuando se giró, la luz del techo le dio en los ojos, haciéndolos brillar, y el ligero ángulo de sus ojos le añadía un encanto misterioso a su sonrisa, con unos labios suaves y tentadores de color rosa.
Al cruzar la mirada con ella, Ector no pudo contener su admiración. «Estás preciosa», dijo con voz cargada de auténtico asombro. Fernanda respondió con una sonrisa modesta, mientras se apartaba con destreza un mechón de pelo detrás de la oreja.
Era un gesto sencillo que destilaba una elegancia tácita.
Abajo, la casa de los Morgan bullía con una formalidad poco habitual. Kevin también había optado por traje y corbata, adaptándose al ambiente formal de la velada. Fernanda eligió un asiento solitario en otro sofá y se sirvió un vaso de agua con naturalidad.
Al bajar las escaleras, había notado las miradas fijas en ella, pero decidió no darle importancia.
Erika, que se había quedado en un segundo plano, se agarró el vestido, en una silenciosa admisión de envidia.
La visión de Fernanda bajando las escaleras dejó a Erika sin aliento, como si una mujer hubiera salido de un cuadro clásico. Con cada paso que daba Fernanda, Erika se sentía eclipsada, como una piedra opaca junto a una gema radiante.
A pesar de su propio vestido, adornado con gemas y perlas, Erika sentía que todas las miradas se dirigían magnéticamente hacia Fernanda.
El sonido penetrante de una bocina y una llamada de Bobby devolvieron a todos al presente.
Fernanda terminó la llamada y anunció: «Ha llegado Bobby. Me voy».
Sus tacones resonaron con autoridad en el suelo mientras se dirigía a la puerta, con el abrigo elegantemente echado sobre un hombro.
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Michelle intercambió una mirada cómplice con Erika, suspiró profundamente y guardó silencio.
Durante el trayecto hasta su destino, Bobby se deshizo en elogios, con palabras teñidas de asombro.
«Vaya, Fernanda, estás absolutamente espectacular. Es como… No puedo expresarlo con palabras. Cuando has entrado en el coche, era como si un ser celestial hubiera descendido a la tierra. Eres preciosa, de verdad. Este vestido te queda perfecto. Tu figura también es increíble. Espero no estar siendo demasiado grosero, pero no encuentro palabras. Ojalá te hubiera conocido antes… Te habría cortejado sin dudarlo. Pero, por desgracia, mi corazón ahora pertenece a Wendy. Lo siento».
Fernanda se quedó sin palabras.
Su disculpa, por sincera que fuera, era innecesaria.
Cuando el reloj se acercaba a las seis, Bobby se dirigió a través de la fresca noche invernal hacia el lugar del banquete.
El cielo había sucumbido a la oscuridad temprano, iluminado solo por el deslumbrante despliegue de luces que salpicaban el paisaje.
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