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Capítulo 475:
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Michelle, confundida por el repentino cambio de humor de su hija, trató de entenderlo, pero Erika no dijo nada, enfadada en sus propios pensamientos. Michelle observó a su hija en silencio.
Fernanda y Bobby no se molestaron en mirar otras tiendas. En lugar de eso, se dirigieron directamente al aparcamiento.
Fernanda levantó la vista y recorrió con la mirada el cielo azul brillante. El sol invernal lo bañaba todo con un suave resplandor dorado, y su calor era agradable en la piel.
En ese momento, una idea se le pasó por la cabeza a Fernanda.
Sacó el teléfono, abrió la aplicación de notas y encontró una dirección guardada.
De repente, se dio cuenta de que era el momento perfecto para ir allí. Con unos pocos toques, introdujo la dirección en el GPS y le dijo a Bobby que condujera hasta allí.
«¿Qué es este lugar?», preguntó Bobby, inclinándose para mirar la pantalla. «Esta carretera ni siquiera tiene nombre y parece un laberinto. ¿Estás segura?».
«Estoy segura», respondió Fernanda sin dudar. «Si es demasiado lejos, siempre podemos coger un taxi».
«¡No, no, no pasa nada!», Bobby rechazó rápidamente su sugerencia. «Cristian tenía una reunión en la oficina central y no ha podido venir. Nunca me perdonaría si no te llevara de compras hoy».
Si Cristian se enteraba de que había dejado que Fernanda llamara a un taxi por su cuenta, Bobby estaba seguro de que estaría frito.
Bobby siguió atentamente el GPS y, tras una hora y media, finalmente llegaron a un lugar cercano a su destino.
La carretera terminaba abruptamente y se vieron obligados a continuar a pie. Al mirar a su alrededor, los estrechos callejones hicieron que Bobby se sintiera como si hubiera entrado en un mundo completamente diferente. No podía creer que un lugar así todavía existiera en Esaham.
Después de veinte minutos de caminata, Fernanda se detuvo frente a una modesta tienda. La estructura parecía desgastada y deteriorada; sus mejores días habían quedado atrás hacía mucho tiempo. Se habían desprendido trozos de cemento, dejando al descubierto la textura rugosa de los ladrillos rojos. En la parte inferior de las paredes, la humedad se extendía hacia arriba como enredaderas, formando manchas oscuras y antiestéticas.
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Un humilde letrero descansaba de forma irregular en los escalones, con las palabras «Gibson’s Dress Shop».
Fernanda subió los escalones desgastados y empujó la puerta chirriante para abrirla.
Dentro, la habitación estaba envuelta en sombras. La tenue luz que entraba por la puerta apenas iluminaba el espacio y, mientras Fernanda permanecía allí de pie, la débil luz del sol invernal parecía reacia a entrar.
Por un momento, la oscuridad lo envolvió todo y apenas podía distinguir nada a su alrededor.
Pero, cuando sus ojos se acostumbraron, una puerta a su derecha llamó su atención. Sin dudarlo, se dirigió hacia ella, la abrió y entró en la habitación.
El espacio interior era como un soplo de aire fresco: más grande, con techos más altos que eliminaban la sensación de confinamiento.
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