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Capítulo 363:
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Sus ojos recorrieron el rostro del chico, buscando algún rasgo que se pareciera al de Cristian, pero no encontró ninguno.
—¿Cómo te llamas? —preguntó con voz firme.
—¿Por qué debería decírtelo? ¿Te crees digna de saber mi nombre? —El tono del chico siguió siendo grosero mientras gritaba—. ¡Déjame ir ahora mismo o te arrepentirás, mujer vil!
Fernanda no se molestó en seguir entreteniendo su rabieta.
—Soren —dijo con voz tranquila—, golpéalo.
Soren se quedó paralizado, con los ojos muy abiertos por la sorpresa.
—Fernanda, ¿no estás yendo demasiado lejos? —titubeó, con voz inquieta. El chico había afirmado tener vínculos con la familia Reed, y meterse con ellos no era precisamente una idea acertada.
—No pasa nada. Adelante —respondió Fernanda, recostándose en el sofá. Su tono era gélido y su expresión indescifrable—. «Ya tiene edad para aprender que las acciones tienen consecuencias. Quizá esto le enseñe que el mundo no es tan indulgente como cree».
Rascándose la cabeza, Soren volvió a dudar. Su lógica tenía sentido, pero había algo que no le cuadraba.
«Hazlo. Si hay consecuencias, yo me encargaré». Fernanda sonrió con desdén.
—¡No te atreverías! —La sonrisa burlona del chico se desvaneció y entrecerró los ojos con incredulidad mientras la miraba.
Su bravuconería se desmoronó ligeramente, pero se aferró a su confianza, convencido de que ella no cumpliría su amenaza.
Sin embargo, la calma inquebrantable de Fernanda no dejaba lugar a dudas de que hablaba en serio. Soren dudó solo un instante antes de decidir cumplir las órdenes de Fernanda.
Algo en su tranquila seguridad le hizo confiar en que ella podría manejar cualquier consecuencia que pudiera surgir. Con un rápido gesto, llamó a sus hombres, que comenzaron a maltratar al chico. Sus golpes eran controlados, lo suficientemente fuertes como para intimidar, pero lo suficientemente medidos como para evitar causar daños graves.
Después de todo, si este chico realmente era de la familia Reed de Litdence, las cosas podrían complicarse si iban demasiado lejos. Sin embargo, el chico seguía gritando de dolor.
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Años de mimarzas lo habían dejado completamente desprevenido ante la más mínima incomodidad, y mucho menos ante el castigo físico. Por primera vez en su vida, sintió el dolor de una paliza.
—¡Estáis acabados! ¡Soltadme o haré que os maten a todos, escoria asquerosa! —gritó, con una voz que era una mezcla de ira y desesperación.
El torrente de insultos no afectó a Fernanda. Había oído cosas mucho peores y sus arrebatos le parecían casi divertidos.
La humillación le dolía más que cualquier puñetazo o patada. No podía entender que su conexión con la familia Reed no le hubiera protegido de esta desgracia. Sabía que este momento lo acompañaría para siempre. La mujer que tenía delante se había convertido en su némesis.
—¿Estás listo para pedir perdón? —preguntó Fernanda, con voz aguda e inquebrantable que atravesó los lamentos del chico—. Pide perdón a mi hermano y dejaré que esto termine.
—¡Nunca! ¿Crees que voy a pedir perdón a ese pedazo de basura? ¡No se lo merece! —El chico tenía la terquedad de una mula.
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