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Capítulo 265:
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Entonces, un suave zumbido llenó la habitación y, de repente, se inundó de luz.
La escena que se desarrolló hizo que a Waldo se le acelerara el corazón. La habitación era grande, con ocho hombres esparcidos por el suelo, todos atados y gimiendo de dolor. En el extremo más alejado, sentada con aplomo en un sofá, estaba Fernanda, la misma mujer que había visto en las fotos ensangrentadas. Sin embargo, aquí parecía completamente ilesa, sin una sola marca en su cuerpo.
Detrás de ella había un grupo de hombres sin camisa, cada uno con una complexión imponente que sugería que podían romper huesos sin esfuerzo. Junto a Fernanda se sentaba un joven con rastas, cuyo aura callejera y mirada aguda lo identificaban como un tipo duro y curtido.
—Buenas noches, señor Padilla —dijo Fernanda con suavidad, con voz firme e inquietante—. Le estaba esperando.
Waldo retrocedió sorprendido, tirando desesperadamente de la manilla de la puerta, pero por mucho que tirara, no se abría. —¿Qué… qué quieren? —tartamudeó con voz temblorosa.
—¿De verdad tengo que decírselo? —respondió Fernanda con frialdad, señalando con la cabeza a los hombres que gemían en el suelo—. ¿Le resultan familiares estos hombres?
Waldo abrió la boca para negarlo todo, pero el hombre de las rastas lo interrumpió con dureza.
—Si quiere evitar el dolor, diga la verdad —afirmó Soren con frialdad, en un tono escalofriante y amenazador, que insinuaba una violencia muy superior a su edad. «Si mientes aunque sea un poco, lo lamentarás profundamente esta noche».
El terror se apoderó de Waldo.
Las ocho figuras inmóviles esparcidas por el suelo le recordaban de forma escalofriante el sombrío destino que le podía esperar. Si guardaba silencio, podría enfrentarse a algo igual de terrible, o incluso peor.
Pero, aunque dijera la verdad, ¿eso realmente lo salvaría? Waldo no podía estar tan seguro.
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El miedo y la confusión se arremolinaban en su interior. Su mente se sentía paralizada, como si la capacidad de pensar con claridad lo hubiera abandonado por completo.
El implacable tira y afloja —confesar la verdad o inventar otra mentira— carcomía su cordura, empujándolo peligrosamente al límite.
La paciencia de Soren se agotó. Clavando en Waldo una mirada penetrante, le gritó: «¡Habla!».
Waldo retrocedió, temblando.
«¡No fui yo! ¡No contraté a nadie para que atacara!». Las palabras salieron de su boca, una mentira desesperada e instintiva.
Fernanda lo había previsto. Con calma, cogió un teléfono que estaba sobre la mesa y marcó un número.
Unos instantes después, el teléfono de Waldo sonó con estrépito, rompiendo el tenso silencio. Su corazón dio un vuelco al oírlo.
—¿Ah, sí? ¿No has sido tú? Entonces, ¿cómo explicas tu voz en la llamada que acabamos de recibir en este teléfono? —La voz de Fernanda rezumaba sarcasmo gélido. Se volvió hacia una figura imponente que se alzaba detrás de ella—. Pásame su teléfono.
El hombre, un gigante de más de metro ochenta con hombros como una fortaleza, se acercó amenazador.
Las rodillas de Waldo se volvieron gelatinosas bajo la sombra del hombre.
El gigante extendió la mano y su voz retumbó como un trueno. —¡El teléfono!
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