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Capítulo 966:
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Fernanda se adelantó y se sentó junto a Robert.
Ella dijo con una sonrisa: «Bueno, soy Fernanda, tu hija».
«No», murmuró Robert con la mirada perdida. «No te pareces en nada a…».
«Tienes razón. No me parezco. Y sería una catástrofe si lo hiciera». La sonrisa de Fernanda no se alteró.
«Pero aún así debo darte las gracias. Todas las dificultades por las que me hiciste pasar me han convertido en la persona que soy hoy».
Nadie podía negar que Robert era inteligente.
En una época en la que las oportunidades escaseaban, se había ganado un puesto en una prestigiosa institución gracias únicamente a su propio mérito. Su éxito académico era prueba de su brillantez.
Pero la brillantez por sí sola no bastaba. La verdadera brillantez provenía de saber cómo utilizarla.
Robert nunca había sido adecuado para los negocios.
Su éxito no se basaba en la habilidad ni en la estrategia. Era pura suerte. Nunca había tenido el instinto de un gran empresario.
Si hubiera elegido un camino diferente, podría haber dejado una huella duradera. Pero su mayor defecto era su naturaleza. Un hombre con un corazón corrupto nunca podía llegar muy lejos. La historia lo había demostrado una y otra vez.
«Si me hubieran criado en la familia Morgan desde el principio, quizá las cosas habrían sido diferentes», dijo Fernanda. «Pero no voy a negar que la adversidad me ha obligado a hacerme más fuerte».
¿Se resentía por la vida que le había tocado vivir? Sin duda alguna.
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De niña, a menudo se preguntaba por qué su padre no la quería. Pero a medida que fue creciendo, comprendió que todos llevaban su propia carga.
El éxito no se heredaba. También se podía ganar con esfuerzo y perseverancia.
Desde el principio, el destino le había regalado todo lo que necesitaba para triunfar. Tenía una mente aguda, principios firmes y una bondad que nunca flaqueaba, ni siquiera ante la adversidad.
—¿Estás satisfecha ahora? —La voz de Robert era hueca, desprovista de vida. Sonaba como un hombre que ya lo había perdido todo—. Me has arrastrado a esta situación patética. ¿Es esta la venganza que querías?
—Por supuesto —dijo Fernanda con una sonrisa—. Estoy muy satisfecha.
Los días de frustración habían atenuado la ira de Robert. Ahora, en lugar de rabia, sentía una extraña sensación de calma.
Al principio, la había culpado de todo. Incluso se había convencido a sí mismo de que si alguna vez la volvía a ver, la estrangularía sin dudarlo.
Pero ahora, mientras miraba los elegantes coches negros aparcados cerca, ni siquiera tenía el valor de levantar la voz.
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