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Capítulo 965:
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No tenía más remedio que dar prioridad al futuro de la empresa.
Las pérdidas causadas por las acciones de Robert eran responsabilidad suya.
El equipo de Fernanda ya había completado una evaluación de los activos, restando el valor de la inversión inicial de su madre de las acciones de Robert.
La junta directiva acordó por unanimidad que Robert debía responsabilizarse de las pérdidas financieras, dado el inmenso daño social que su comportamiento había causado a la empresa Voligny. La propuesta se aprobó sin oposición.
Furioso, Robert perdió el control, pero los guardias de seguridad lo sacaron rápidamente, dejándolo humillado ante la multitud.
Por primera vez, se sintió completamente impotente en la empresa que había creado.
Lo habían expulsado de la junta directiva y los activos que le entregaron apenas alcanzaban lo que había previsto.
Cuando intentó volver a entrar, los guardias de seguridad le bloquearon el paso. Explotó fuera de las puertas, atrayendo las miradas y los susurros de los transeúntes.
Desató su furia contra los transeúntes, gritando como un loco. Los espectadores no pudieron soportar sus amargas maldiciones y se dispersaron rápidamente.
Agotado, se derrumbó en un banco, con el viento cortándole la ropa.
El cielo estaba cubierto de nubes grises y el viento del norte aullaba y le atravesaba el cuello. A medida que la ira de Robert se desvanecía, un frío glacial se le metió en los huesos, trepando desde la superficie de la piel hasta lo más profundo de su cuerpo.
No le quedaba nada: ni compañía, ni familia, solo un puñado de escasos bienes.
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Se había convertido exactamente en lo que una vez había despreciado: un chiste.
Lo que siempre había valorado por encima de todo era su reputación; lo que anhelaba era dignidad y éxito, ascender a lo más alto de la sociedad.
¿Y ahora? Era un chiste andante.
La gente cuchicheaba a sus espaldas y su reputación estaba en ruinas.
Todos sus años de duro trabajo se habían reducido a nada.
Robert se quedó inmóvil, entumecido, mientras la nieve comenzaba a caer a su alrededor. El mundo le parecía irreal.
Un aroma familiar y reconfortante flotaba en el aire. Levantó la vista y allí estaba ella: Fernanda, de pie ante él, con una sonrisa en el rostro. La observó atentamente, tratando de encontrar algún rasgo suyo en sus rasgos, pero era como mirar a una desconocida.
Parecía más alguien a quien nunca había visto que su propia hija.
Habló en voz baja, casi para sí mismo. «¿Quién eres?».
Robert no veía a Fernanda como su hija. Para él, no era más que un espectro de su pasado, un recordatorio de sus errores. Era el precio que tenía que pagar por sus pecados.
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