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Capítulo 939:
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La idea le revolvió el estómago.
Cristian colgó y miró a Kevin. —Voy a buscar a Fernanda.
—¡Por supuesto! —asintió Kevin.
Mientras tanto, Fernanda yacía estirada en el asiento trasero de un coche en movimiento.
Sonrió con aire burlón al hombre rígido que tenía a su lado. —Sr. Griffin, no es así como me imaginaba nuestro primer encuentro a solas. Lo había visto antes en algunos banquetes.
Fulton era un magnate inmobiliario: un nombre importante con mucha influencia. Sin embargo, Fernanda nunca había hablado con él, ni tenía ni idea de cuándo había decidido que ella era algo que debía adquirir.
Incluso había cambiado toda una empresa por ella. Eso era inesperado.
Fulton se puso rígido al sentir un cuchillo presionado contra su costado.
Fernanda agarró el mango, con la hoja firme.
Fulton apretó la mandíbula. —¿Qué quieres?
Fernanda esbozó una sonrisa brillante, casi juguetona. —Esa es mi frase. Te has tomado todas estas molestias para conseguirme, ¿para qué? ¿Estás enamorado de mí o algo así? ¿Estás planeando una boda?
Fernanda solo estaba jugando con él. El tipo estaba casado. Eso era obviamente imposible.
Fulton se sonrojó, pero no dijo nada.
La había sacado del coche, pero antes de que pudiera empujarla dentro, un desconocido salió de la nada y lo golpeó contra el vehículo.
Fernanda abrió los ojos de golpe. Él pensaba que estaba inconsciente, pero ella había estado fingiendo todo el tiempo.
Antes de que pudiera reaccionar, ella agarró un cuchillo, se lo puso en el costado y lo empujó dentro del coche. Fue entonces cuando se dio cuenta de que era él quien había caído en una trampa.
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—¿Así que todo esto era un montaje? —Fulton apretó la mandíbula, exigiendo una respuesta.
Fernanda sonrió con aire burlón. —No. Querían trabajar contigo, pero yo les arruiné el plan.
Fulton inhaló bruscamente, reprimiendo su frustración.
El asiento del copiloto crujió cuando Leon se dio la vuelta.
Esa tarde, cuando empezó a sentir inquietud, Fernanda le había enviado un mensaje a Leon diciéndole que esperara fuera de la villa con unos cuantos hombres.
Si las cosas se torcían, ella le daría la señal.
Había hecho bien en confiar en su instinto.
Al poco rato, el coche se detuvo frente a la oficina inmobiliaria de Fulton.
El edificio estaba vacío, la única luz provenía de las farolas de la calle.
Fernanda metió la mano en el bolsillo de Fulton, cogió su tarjeta de la empresa y la pasó por el lector. La puerta se abrió con un pitido y el coche entró en el aparcamiento.
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