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Capítulo 937:
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El hombre se llevó a Fernanda y cerró la puerta tras de sí.
Michelle se dio la vuelta y vio a Kevin de pie en las escaleras. «¿Qué haces aquí, Kevin?», gritó sorprendida.
Kevin se quedó paralizado en las escaleras, apretando la mandíbula mientras los miraba con ira. —¿Qué demonios está pasando? —Su voz era baja y aguda.
—N-nada —tartamudeó Michelle—. ¿Por qué estás aquí abajo? ¿Necesitas algo?
—¡No te hagas la tonta! —Señaló la puerta con el dedo—. ¿Quién demonios era ese tipo? ¿Y por qué le has dejado llevarse a Fernanda?
Michelle se movió inquieta, mirando hacia la puerta antes de encontrar la mirada de Kevin. —Lo estás malinterpretando, es su novio. Nos lo dijo durante la cena, ¿no?
Kevin extendió los brazos, interrumpiendo a Michelle. —¡Lo he oído todo! —su voz se quebró por la furia—. No es su novio, la entregaste a cambio de una empresa. ¡Sé lo que he oído!
Michelle aspiró bruscamente y miró a Robert. El pánico se reflejó en sus ojos.
Robert se puso rígido, con el rostro pálido a pesar de su compostura forzada. Sabía perfectamente lo complicado que era todo aquello.
Aun así, se burló. —¿En serio? ¿Estás sacando conclusiones descabelladas por unas palabras sacadas de contexto? Son asuntos de adultos, no es asunto tuyo.
Kevin no lo dudó. Bajó corriendo las escaleras y se abalanzó hacia la puerta.
Michelle lo agarró del brazo. —¿Adónde crees que vas?
—¡Voy a buscar a Fernanda! ¡No puedo dejar que ese tipo se la lleve! —Los ojos de Kevin ardían—. ¡Suéltame! ¡Voy a por ella! —Tiró del brazo, pero ella lo sujetó con fuerza.
—¡No vas a ir a ninguna parte! ¡Quieto! —ladró Robert.
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Kevin se retorció entre los brazos de Michelle, frustrado. Como ella no lo soltaba, le hincó los dientes en el brazo. Ella gritó y se apartó.
Eso fue todo lo que necesitó. Se soltó y salió corriendo por la puerta.
La puerta principal se abrió de golpe y una ráfaga de viento helado lo golpeó. Aún en pijama, Kevin se estremeció, castañeteando los dientes mientras el frío le penetraba la piel.
Salió corriendo al patio, mirando frenéticamente a su alrededor. Nada. Ni un coche. Ni huellas. Ni rastro de Fernanda.
Se había ido. Ese hombre se la había llevado.
Una sensación nauseabunda le revolvió las entrañas: repugnancia, furia y algo más profundo.
¿Cómo había llegado a esto? ¿Cómo podían sus propios padres traicionar a Fernanda, sacrificarla como si no fuera nada?
Kevin se quedó allí, impotente.
El viento aullaba a su alrededor, entumeciéndole los dedos, la cara, los pensamientos.
Se volvió hacia la mansión, grandiosa, inmaculada, ajena a la fealdad que había en su interior. No era su hogar. Nunca lo había sido. Solo una jaula dorada llena de gente a la que apenas reconocía.
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