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Capítulo 745:
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Cristian exhaló lentamente, frotándose las sienes con una mano antes de mirarla con una leve sonrisa que no llegaba a sus ojos. —No es nada.
—Déjame llevarte de vuelta al colegio. Pero antes de que pudiera girar el volante, Fernanda le puso la mano encima.
«Quiero saberlo», dijo ella con voz firme pero teñida de preocupación. «Cristian, no compartas solo los buenos momentos conmigo. Quiero saber cuáles son tus preocupaciones, tus cargas. Siempre estás pendiente de mí, pero yo también quiero estar ahí para ti».
Su voz fluía como una suave brisa, cada palabra acariciaba su corazón con una claridad reconfortante.
—Solo estaba reflexionando sobre algunas cosas del pasado —dijo Cristian, con un tono que denotaba cierto misterio—. Si quieres saberlo, te lo puedo contar, pero ¿no es un poco tarde para esto? ¿Seguro que debemos hablar aquí?
Fernanda se detuvo, sopesando sus palabras con atención.
Aunque eran sus vacaciones de verano, sabía que Cristian tenía la agenda llena de compromisos. No quería robarle más tiempo del necesario.
—Entonces vamos a tu casa —sugirió Fernanda con determinación—. Ya es hora de que descanses un poco.
Cristian arqueó las cejas y una chispa de diversión iluminó su rostro mientras la miraba con una media sonrisa. —¿A mi casa?
Las palabras, en esencia normales, adquirieron un significado sutil y profundo al ser pronunciadas con su tono deliberado.
Fernanda parpadeó, momentáneamente desconcertada. —¡No quería decir nada! ¿Qué ideas se te están metiendo ahora?
La sonrisa de Cristian se amplió mientras fingía inocencia, con los ojos llenos de picardía. —Yo no he dicho nada. ¿De qué me acusas?
Fernanda puso los ojos en blanco y apartó la cabeza para ignorarlo.
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Cristian reprimió una risita y arrancó el coche. Con una mano agarró el volante y con la otra se estiró para coger la de ella con suave insistencia.
Fernanda lo ignoró obstinadamente.
A decir verdad, Cristian la adoraba en esos momentos. Su rebeldía le daba un encanto ardiente, una especie de alegría vivaz que encajaba con su edad. La hacía parecer más vibrante, más viva, como si estuviera pintada con colores que él no quería que se desvanecieran nunca.
Y él estaba más que dispuesto a apaciguarla hasta que esa actitud obstinada se suavizara.
—Pensé que te irías corriendo a ver a Neal —dijo Cristian, rompiendo el silencio—. No está precisamente en su mejor momento.
—Lo veré mañana —respondió Fernanda sin dudarlo—. Necesita la noche para ordenar sus ideas.
Conocía la mentalidad de Neal como la palma de su mano. Después de sufrir un revés tan grande, necesitaba tiempo para recuperar el equilibrio.
Las preguntas indiscretas y las muestras excesivas de preocupación por parte de los demás podían parecer más una manta asfixiante que una mano reconfortante. Neal no era de los que actuaban por capricho, y Fernanda sabía que nunca haría nada imprudente. Por lo tanto, ir a visitarlo al día siguiente le parecía la opción más sensata.
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