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Capítulo 744:
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Cuando se dio la vuelta para marcharse, el hombre se abalanzó sobre ella, con el pánico acelerando sus pasos. «¡Espera, espera! ¡No te vayas! ¡Por favor, sálvame! O pídele a Neal que me ayude a salir de este lío. ¡No puedo quedarme aquí para siempre!».
Fernanda se dio la vuelta bruscamente y entrecerró los ojos mientras estudiaba su rostro de cerca.
Tenía un ligero parecido con Neal, y el parecido flotaba en el aire como un eco; sin embargo, el comportamiento mundano y despreciable del hombre era completamente diferente al de Neal.
El pensamiento parpadeó en su mente como una sombra. ¿Cómo podía alguien como Neal tener un padre así?
Fernanda suspiró suavemente, pero antes de que pudiera alejarse, Cristian la agarró del brazo.
—¿Qué pasa? —preguntó ella, arqueando las cejas con leve sorpresa.
La mirada de Cristian se posó en el hombre durante un momento, con expresión velada por la sospecha. Inclinándose hacia Fernanda, le murmuró en voz baja: —Hay algo raro en él.
Ella frunció el ceño. —¿Qué quieres decir?
Cristian se inclinó aún más y le susurró unas palabras que hicieron que los brillantes ojos de Fernanda se abrieran con sorpresa.
—¿Estás seguro? —preguntó ella, con incredulidad en su voz.
—Es probable. No parece estar bien. Lo sabremos con certeza una vez que tengamos los resultados —respondió Cristian, con tono mesurado pero firme.
La revelación provocó una cascada de pensamientos que se precipitaron en la mente de Fernanda como fichas de dominó.
—Así que por eso… ahora todo tiene sentido.
Las preguntas que antes se arremolinaban en su mente como nubes inquietas finalmente comenzaron a aclararse.
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No era de extrañar que Neal fuera tan frugal. No era de extrañar que siempre pareciera ir un paso por detrás de sus dificultades económicas, por muy altos que fueran sus ingresos. Las piezas del rompecabezas finalmente encajaron, formando una imagen que ella no se había atrevido a imaginar antes.
No dudó ni por un segundo del instinto de Cristian. Su juicio era agudo, como una cuchilla afilada a la perfección. Al salir, Cristian se dirigió al oficial de guardia con tono enérgico. —Hágale un análisis de sangre. Compruebe si ha consumido drogas.
El oficial se puso rígido y su actitud se volvió seria al instante. —Entendido.
Cristian y Fernanda salieron de la comisaría y se subieron al coche. La noche envolvía la ciudad, pero las calles estaban inundadas de luz, cuyo resplandor se reflejaba en el parabrisas y creaba un suave halo alrededor del rostro de Cristian.
La mitad de sus rasgos estaban iluminados, nítidos y definidos, mientras que la otra mitad parecía engullida por la oscuridad que se extendía, como si estuviera a caballo entre dos mundos.
Tenía la mandíbula tensa, testimonio silencioso de su confusión interior. Las venas de la parte posterior de la mano se marcaban al agarrar el volante, delatando la tensión que bullía bajo su aparente compostura.
—¿En qué piensas? —preguntó Fernanda en voz baja, con un tono que atravesó el silencio como una delicada melodía.
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