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Capítulo 712:
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Hertha lo miró fijamente, con una mezcla de conmoción e incredulidad inundando sus sentidos. La frialdad de su voz le pareció un golpe cruel que no podía comprender. ¿Cómo podía estar pasando esto? ¿Cómo era posible que él hubiera perdido interés en su cuerpo? Sin él, ¿qué más tenía ella que ofrecer?
—Señor Turner… —comenzó a decir, pero sus palabras se vieron interrumpidas cuando Vinson levantó una mano para indicarle que se callara.
—Has dicho todo lo que tenías que decir, has hecho todo lo que podías y, aun así… no me interesas —dijo Vinson con desdén. Apagó el cigarrillo y lo tiró a la basura antes de abrocharse metódicamente el cinturón y la camisa.
—Depender de los demás no te llevará muy lejos —continuó Vinson con voz firme—. Es mucho mejor confiar en ti misma.
En algún momento, había empezado a ver a Hertha con otros ojos. La chica que lloraba a la menor provocación le parecía ahora muy débil. Anhelaba a alguien más fuerte, alguien que se negara a doblegarse, que forjara su propio destino con una determinación inquebrantable.
Sus ojos eran como los de Hertha: claros, pero sin rastro de impotencia. En cambio, eran agudos y calculadores, llenos de fría determinación. Era una luchadora, siempre dispuesta a enfrentarse a lo que se le presentara.
Recordó su primer encuentro: ella se había mostrado segura, persuasiva, autosuficiente, nada que ver con la mujer frágil y desesperada que tenía ahora delante. A Vinson le atraían las personas así, fuertes y autónomas.
Con ese pensamiento, apartó suavemente a Hertha y abrió la puerta del cubículo.
Le lanzó la chaqueta a Hertha. —Deja de llevar faldas tan provocativas. No pegan con la imagen que intentas proyectar.
Sin decir nada más, salió sin mirarla. Hertha dudó, queriendo seguirlo, pero su ropa seguía colgada en el gancho. Cuando consiguió vestirse, Vinson ya se había ido.
Mientras tanto, la frustración hervía dentro de Vinson. El joven que había abierto la puerta del cubículo le resultaba familiar: formaba parte del equipo de Fernanda. Dado lo que acababa de presenciar, Vinson no podía quitarse de la cabeza la idea de que podría contárselo a Fernanda y a los demás, compartiendo ese momento embarazoso.
La idea le molestaba más de lo que esperaba.
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Cada vez más irritado, vio un bar cerca. El ambiente parecía acogedor, así que empujó la puerta y entró. En cuanto puso un pie dentro, una voz suave y melodiosa llenó el aire, atrayéndolo hacia dentro.
Una suave y familiar canción de amor flotaba en el aire. La voz de la chica era suave pero potente, y cada nota parecía tocar las fibras del corazón. Atraído por el sonido, Vinson dirigió la mirada hacia el escenario y vio a la cantante.
Fernanda estaba sentada en un taburete, con una guitarra de madera en las manos, y su voz llenaba el espacio. El foco bañaba su rostro con un cálido resplandor, resaltando sus rasgos impecables. Sus ojos eran claros y puros, su belleza casi como la de una muñeca, delicada e inmaculada.
Cuando ella miró en su dirección, sus ojos se encontraron. La sorpresa se reflejó en su expresión antes de que una sonrisa se dibujara en sus labios. Levantó una ceja en un saludo juguetón y silencioso.
Su sonrisa era inesperadamente cálida, dulce, casi desarmante, en marcado contraste con el aire frío y distante que solía proyectar. Le impactó sin previo aviso, como un suave golpe en el pecho, haciendo que su corazón se acelerara.
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